Thursday, January 21, 2016

1189 primavera

Suna abrazó a su padre. Quería ir, pero no quería irse.

Aamir descendía de una tribu de comerciantes. Por generaciones habían trasladado mercancías en el extremo occidental de la ruta que corría desde China hasta el Mediterráneo. "Yo tenía tu edad la primera vez que visité Iconio", dijo suavemente Aamir, sintiendo el temor de su hija. "Y me cambió la vida", agregó. Suna, reteniendo las lágrimas, inquirió tímidamente: "¿Porque conociste a Mamá?" "No," bromeó Aamir, "¡Porque al fin pude dormir en una casa y no en una tienda en medio del desierto!" Suna rio.

"Hija... Hemos trabajado duro, y nos va bien. Pero quiero para ti algo mejor que esta vida de camellos. Y si tengo la oportunidad de dártelo, quiero hacerlo." Suna había estado separada de su padre antes. Desde que era una bebé, cada vez que Aamir salía con la caravana, Suna quedaba en casa con su madre. Pero esta vez era diferente. Suna respiró profundo para controlar su voz. "Siempre fuiste tú el que se iba; y yo sabía que regresarías. ¡Pero ahora soy yo la que se va, y no sé qué va a pasar!" La emoción la traicionó; su voz se quebró y se abrieron las fuentes de sus ojos.

Aamir abrazó a su hija tiernamente. "No temas, cariño. Hoy salen de Palmira y llegan en dos semanas, no más. Tu tío se asegurará de eso - ya sabes cómo es de quisquilloso. Y en cuanto a Iconio... ¡Te va a encantar! Cuando menos acuerdes, ya el año habrá pasado".

Iconio era la capital del sultanato selyúcida de Anatolia. Allí nació Parmida, madre de Suna, y allí vivió hasta el día en que salió como mujer de Aamir; rumbo a Palmira, a unos novecientos kilómetros al sureste. Ambos provenían de familias tribales árabes más dadas a la religión del hacer riquezas que a la de Mahoma. Y como la unión resultara en un rotundo éxito comercializando productos del lejano oriente, cualquier desconfianza entre las familias quedó prontamente olvidada.

Aamir y Parmida tuvieron una sóla hija, y era el brillo de sus ojos. Contrario a las costumbres del mundo árabe de finales del siglo doce, habían criado a Suna con miras a que fuera una mujer moderna. Le habían enseñado a leer y a escribir, y a hablar la lengua franca de las regiones con las que hacían negocios. La habían instruido en todos los aspectos de la empresa; desde conducir la caravana de camellos hasta resguardarse de los ladrones en el camino. Cómo identificar la mejor seda china, y cómo convertir de una moneda a otra, más la ganancia.

Desde hace algún tiempo, Aamir había estado ojeando la oportunidad de abrir una nueva ruta comercial con Acre, un puerto a unos cuatrocientos kilómetros al suroeste de Palmira. Ahora que Suna tenía catorce años, sus padres habían dispuesto enviarla con la familia de Parmida mientras ellos trabajaban la nueva ruta. Estaban diciendo sus despedidas antes de la salida del sol. Dentro de poco, Aamir y Parmida llevarían su caravana cargada de mercancías en una dirección. Pero su mayor tesoro saldría por otra ruta con su tío Farnaka.

En el siglo V a.C., el rey persa Darío I construyó el Camino Real Persa; una carretera para comunicar su extenso imperio que abarcaba desde la ciudad de Susa hasta el puerto de Esmirna en el mar Egeo, conectando con muchas otras rutas que fomentaban el contacto regular entre la India, Mesopotamia y el Mediterráneo. Gracias a esta carretera y a la temeridad de los mensajeros del reino y sus caballos veloces, el sistema de correos persa era impresionantemente eficiente. A intervalos regulares a lo largo del trayecto había estaciones postales con caballos frescos y jinetes dispuestos. Así, los correos reales podían viajar casi cuatrocientos kilómetros diarios, llevando mensajes de un extremo al otro en sólo nueve días, cuando a los viajeros normales les llevaba cerca de tres meses completar el trayecto. Éste fue el sistema que famosamente usó la Reina Ester para enviar su mensaje de salvación a los judíos diseminados por todo el imperio medo-persa durante el reinado de Jerjes el Grande.

Las caravanas, sin embargo, viajaban más lentamente, de un caravasar a otro. Los caravasares eran estaciones reales, a cada treinta kilómetros aproximadamente a lo largo de los principales caminos de Asia Menor. Allí los viajeros y sus animales podían descansar, alimentarse, y pasar la noche. Como los caravasares atravesaban tramos habitados y libres de peligros, eran también los puntos idóneos para controlar el comercio y cobrar los impuestos respectivos. Aunque el peso de los impuestos era considerable, era difícil discutir con las conveniencias que ofrecían las instalaciones; no sólo en facilidades y seguridad para los viajeros – y sus animales y mercancías – sino también en que eran clave para todo tipo de intercambios entre muchas culturas. Intercambios de bienes, de información, de ideas.

Con la expansión de los túrquicos islámicos hacia el occidente chino a partir del siglo X, el comercio en la famosa Ruta de la Seda se vio perturbado. Ahora el Califato islámico controlaba el comercio que atravesaba el Medio Oriente y utilizaba los caravasares para potenciar el mercado y la economía interior. Afortunadamente, Farnaka estaba emparentado con el sultán selyúcida Kilij Arslan II. El viaje de Suna con su tío prometía ser muy cómodo de verdad.

Desde que era una pequeña, cada vez que viajaba, Suna intentaba hacer en la caravana tantos amigos como fuera posible. Quizás la movía la falta de hermanos. O talvez porque heredó la afabilidad de su padre y la empatía de su madre. Siempre acababa ganándose el afecto de todos - fuesen nómadas o peregrinos, soldados o mercaderes. Así, pues, el inicio de un viaje siempre resultaba emocionante. Y particularmente en esta ocasión, la emoción haría más tolerable el estarse alejando de sus padres.

Las primeras noches las pasaron en el desierto – lo cual parecía incomodar a Farnaka más que a Suna. Para cuando llegaron al primer caravasar unos días más tarde, Suna no sólo conocía ya a todos los integrantes de la caravana, sino que había participado en varios intercambios. Sus acompañantes le dieron a probar frutas y condimentos que nunca antes había probado. Y le contaron historias.

Un viejo mercader se encariñó de Suna, y le contó la historia de la seda mediterránea. Cuando los partos introdujeron la seda china al Imperio Romano, los romanos creían que la seda se obtenía de los árboles. Las mujeres comenzaron a consumir tanto del lujoso material, que el flujo de salida de oro llamó la atención del Senado. Éste intentó prohibir el uso de la seda mediante decretos legales y campañas de difamación, pero fue en vano. Después de la caída del imperio, dos monjes cristianos descubrieron finalmente cómo los chinos hacían la seda. Unos espías robaron los huevos de los gusanos de seda, y fue así como inició la producción de seda en el Mediterráneo.

Y un soldado musulmán que sirvió bajo Saladino le contó de cómo vencieron a los cruzados en la batalla de Hattin, ocupando de nuevo Jerusalén para los musulmanes y tomando Tierra Santa. “Pero Saladino”, le dijo el soldado, “trató con clemencia a los cristianos que encontró en Jerusalén. No los asesinó cruelmente como hicieron ellos con los árabes en la Primera Cruzada”.

Wednesday, January 13, 2016

Prefacio

El viejo Trovador oyó la melodía. La conocía bien. Y aunque quería seguir fingiendo que estaba dormido, sus pies lo traicionaron. Como si tuvieran mente propia, comenzaron a moverse al son de la música. Por supuesto, el músico conocía al Trovador. No sólo sabía que reconocería la melodía. También sabía que no estaba dormido. Y, viejo zorro que era, sabía cómo sacar al Trovador de su aparente sueño.

Bajo el desteñido sombrero de fieltro, el Trovador esbozó una sonrisa involuntaria. Lararai, larai…

Instintivamente, todos los niños se encontraron en el centro del patio. Los jóvenes quitaron las mesas y las bancas, entretanto que las muchachas levantaban los platos sucios. Lararai, larai…

Dos niñas corrieron al anciano. “¡Abuelo, vamos!”, gritó la primera. “Estoy dormido”, respondió el Trovador, sus ojos aún cerrados. “¡No es verdad!”, exclamó la segunda. “Si estuvieras dormido”, agregó la primera, “no podrías hablar”. Y antes de que pudiera replicar, las niñas tiraron de sus manos, una cada una. Un niño de unos seis años vino a ayudarlas, empujando desde atrás el taburete donde estaba sentado el anciano.

Los jóvenes se hicieron a los instrumentos – cítara, flauta, pandero, y tambor – y se unieron al son de la mandolina del viejo músico. Las muchachas comenzaron a cantar, aplaudiendo o sonando las ollas con cucharones. Cada vez más fuerte y más rápido. Lararai, larai…

De repente, el Trovador se puso de pie. Con la resolución de un caballo árabe avanzando hacia la batalla, se acercó a la rueda de niños. Lararai, larai…

Parándose firme en medio de ellos, alzó los brazos lentamente. Todos contuvieron por un instante la respiración, sus expectantes ojos fijos en el Trovador. “¡Aaah!”, gritó el viejo, sacudiéndose violentamente como un loco siendo atacado por un ejército de hormigas. “¡Aaah!”, gritaron los niños, sacudiéndose igualmente. Las mujeres que habían salido de la cocina para ver la escena explotaron en risa. Y la música iba cada vez más fuerte y más rápido. Lararai, larai…

El Trovador tomó a una niña de la mano y salió por el patio. Ella tomó a otra, y ésta a otro, y así sucesivamente hasta que todo aquel que no estaba tocando un instrumento se encontró serpenteando de aquí para allá. Lararai, larai… Lararai, laaa-raaai.

El Trovador se tiró al suelo, y los niños con él. “¡Otra vez! ¡Otra vez!”, gritaron los chiquillos. “¿Qué?”, tosió el anciano; “¿Me quieren matar?”. Una de las muchachas se acercó a auxiliarlo. “¿Por qué mejor no le piden al abuelo que les cuente la historia de esta canción?”, sugirió. “Mientras les traemos dátiles”, agregó otra, “¿Quién quiere?”. “¡Yo, yo!” gritaron todos en coro.

Uno de los jóvenes ayudó al Trovador a levantarse mientras le traían su taburete. “Bueno,” dijo el viejo con seriedad fingida. “Pero si voy a contar la historia, la voy a contar ¡a mi manera!”. Y el brillo de sus ojos encontró la sonrisa que buscaba. Justo afuera de la cocina, una mujer trigueña de cabellos blancos entregaba la bandeja de dátiles a las muchachas. Con sonrisa a medias contenida, posó un puño en la cintura de su elegante silueta y levantó un dedo amenazador en dirección al anciano.

“Bueno, niños…” reanudó el Trovador cuando llegaron las muchachas con la fruta. “Métanse cinco de esos a la boca de una vez para que no me vayan a estar interrumpiendo, ¿oyeron? La historia de esta canción va así: Hace muchos, muchos años, en el Cercano Oriente…”.