Suna siempre había conocido a su tío como un
hombrecito nervioso, acomplejado y tacaño. Pero desde su llegada a Iconio, le vio
una cara que no le había conocido antes: Farnaka el político. Una cosa eran las
relativas comodidades a las que Suna estaba acostumbrada – gracias al trabajo
honesto de sus padres. Otro asunto muy distinto era el mundo al que su tío la
introdujo. Farnaka era, después de todo, consejero del sultán.
Durante meses, Suna acompañó a Farnaka de evento en
evento, cada uno más suntuoso que el anterior. En medio del lujo y los excesos,
Suna conoció a los integrantes de la alta sociedad de Iconio, y poco a poco descubrió
cuán importante era su tío en las estructuras del sultanato. Por supuesto, Suna
no hallaba ninguna oposición al esplendor de las joyas, la elegancia de las
ropas, y la suculencia de comidas. Y las nuevas amistades que estaba forjando
en los festines – por muy superficiales – la entretenían alegremente.
En vista de que su nueva vida consistiría en conocer
Iconio y participar de los banquetes y demás eventos sociales, no había daño en
disfrutar de ello. De sus nuevas amigas, Suna aprendió nuevos bailes y conoció nuevas
costumbres. Una de ellas había sido entregada a la tierna edad de siete años
para ser parte del harem del sultán, en la esperanza de que un día se casara
con un hijo suyo. Ella bromeaba que seguramente Farnaka estaba planeando un
destino similar para Suna. Por supuesto, Suna encontraba horrenda la idea, pero
seguía la broma con un “Puede ser”, y cambiaba el tema.
Pero era en momentos como esos cuando más extrañaba
a sus padres y la seguridad que siempre brindaban.
Mientras tanto, al norte, el Rey Ricardo echaba a andar sus propios preparativos para la cruzada. Los primeros barcos ingleses zarpaban hacia Tierra Santa, y Ricardo estableció a Guillermo de Longchamp como canciller de Inglaterra para proteger el reino en su ausencia. En unos meses, Ricardo mismo cruzaría el Canal de Inglaterra para dirigirse a Vézelay para encontrarse con el Rey Felipe.
Entre tanto, Saladino - con tropas de Egipto, Turquestán, Siria y Mesopotamia - buscaba la manera de enfrentar al ejército de Guido de Lusignan, los contingentes de cruzados europeos, y los miembros de las órdenes militares. Los musulmanes se formaron al este de la ciudad, en un semicírculo en medio del cual quedó el ejército cruzado.
Los caballeros templarios se precipitaron en un ataque desarticulado al ala derecha de Saladino. Los musulmanes enviaron refuerzos de otras partes del campo y las ballestas de los cruzados abrieron camino a la caballería pesada, con lo que los flancos de Saladino fueron puestos en fuga. Entonces las tropas cristianas se dieron el saqueo. Saladino logró reagrupar sus fuerzas y contraatacó con su artillería ligera, causando mucho daño a los cristianos hasta que llegaron las tropas de relevo. Pero con eso, la entrada norte de la ciudad quedó expuesta, y cinco mil árabes salieron a unirse con el ala derecha musulmana, obligando a los templarios a retirarse. Al final, los cruzados repelieron el ejército de socorro, pero sufrieron miles de bajas. Aunque incompleta, era una victoria para Saladino.
Con la llegada de más cruzados europeos, Guido logró bloquear el acceso a Acre por tierra. Entonces Saladino trajo más tropas, para rodear la ciudad y el campamento cruzado en dos cercos separados. Pero la noticia de la inminente llegada del Emperador Barbarroja alentaba a los soldados cristianos.
En efecto, Barbarroja había arribado al Reino de Hungría, donde fue recibido por el rey Bela III y su hermano, el príncipe Geza. Ambos aceptaron acompañarlo a enfrentar a Saladino y a los musulmanes, y Geza sumó dos mil soldados húngaros al ejército de Barbarroja. Después de atravesar Hungría, Serbia, Bulgaria y el Imperio Bizantino, el multitudinario ejército llegó a la Anatolia - el territorio que estaba en poder del sultanato selyúcida de Rum, y cuya capital era Iconio.
Mientras tanto, al norte, el Rey Ricardo echaba a andar sus propios preparativos para la cruzada. Los primeros barcos ingleses zarpaban hacia Tierra Santa, y Ricardo estableció a Guillermo de Longchamp como canciller de Inglaterra para proteger el reino en su ausencia. En unos meses, Ricardo mismo cruzaría el Canal de Inglaterra para dirigirse a Vézelay para encontrarse con el Rey Felipe.
Entre tanto, Saladino - con tropas de Egipto, Turquestán, Siria y Mesopotamia - buscaba la manera de enfrentar al ejército de Guido de Lusignan, los contingentes de cruzados europeos, y los miembros de las órdenes militares. Los musulmanes se formaron al este de la ciudad, en un semicírculo en medio del cual quedó el ejército cruzado.
Los caballeros templarios se precipitaron en un ataque desarticulado al ala derecha de Saladino. Los musulmanes enviaron refuerzos de otras partes del campo y las ballestas de los cruzados abrieron camino a la caballería pesada, con lo que los flancos de Saladino fueron puestos en fuga. Entonces las tropas cristianas se dieron el saqueo. Saladino logró reagrupar sus fuerzas y contraatacó con su artillería ligera, causando mucho daño a los cristianos hasta que llegaron las tropas de relevo. Pero con eso, la entrada norte de la ciudad quedó expuesta, y cinco mil árabes salieron a unirse con el ala derecha musulmana, obligando a los templarios a retirarse. Al final, los cruzados repelieron el ejército de socorro, pero sufrieron miles de bajas. Aunque incompleta, era una victoria para Saladino.
Con la llegada de más cruzados europeos, Guido logró bloquear el acceso a Acre por tierra. Entonces Saladino trajo más tropas, para rodear la ciudad y el campamento cruzado en dos cercos separados. Pero la noticia de la inminente llegada del Emperador Barbarroja alentaba a los soldados cristianos.
En efecto, Barbarroja había arribado al Reino de Hungría, donde fue recibido por el rey Bela III y su hermano, el príncipe Geza. Ambos aceptaron acompañarlo a enfrentar a Saladino y a los musulmanes, y Geza sumó dos mil soldados húngaros al ejército de Barbarroja. Después de atravesar Hungría, Serbia, Bulgaria y el Imperio Bizantino, el multitudinario ejército llegó a la Anatolia - el territorio que estaba en poder del sultanato selyúcida de Rum, y cuya capital era Iconio.