Wednesday, June 29, 2016

1190 otoño

Ricardo, rey de Inglaterra, llegó a Vézelay, Francia, el primero de julio. Habiendo cruzado cientos de kilómetros por tierra desde la costa norte, los más de ochocientos hombres que le acompañaban recibieron el descanso con agrado.
Ricardo se reunió con Felipe II, rey de Francia, y refinaron el plan de su desplazamiento conjunto hacia Tierra Santa. Poco tiempo después salieron juntos hasta Lyon, donde se separaron - los ingleses tomaron rumbo sur para encontrarse con su flota en Marsella; los franceses rumbo este, en dirección a Génoa - con el acuerdo de reencontrarse en Sicilia.
* * * * *
Una madrugada, al llegar al primer servicio del día, el joven novicio notó a alguien de rodillas en la esquina de la capilla, rezando en voz baja. Aunque estaba completamente envuelto en su capa, se notaba que era el marco de un hombre alto y fornido. Fue imposible para el joven concentrarse en las lecturas y oraciones, absorto como estaba por la extraña presencia. Sin duda era algun peregrino que había llegado a visitar la Santa Cruz o a pagar alguna penitencia. Pero si había pasado la noche en San Pedro, no lo había hecho en las habitaciones comunes para peregrinos.
Cuando se puso de pie, lo hizo repentinamente y salió de inmediato. Sin alzar la mirada ni descubrir su cabeza. Le pareció al novicio haber visto la cruz de los Cruzados bajo la capa cuando giró para marcharse, pero no estaba seguro.
Durante el desayuno, arremetió con preguntas contra Piers:
- ¿Quién era el hombre en la capilla?
- ¿Qué hombre?, respondió disimuladamente Piers.
- El hombre de la capa que estaba rezando en la esquina.
- Eh... Un peregrino, supongo.
- ¡Vamos! ¿Quién era? ¡Yo sé que usted sabe, Hermano Piers!
- ¿Y eso qué? No significa que tienes que saberlo tú.
- ¡Pero sí, necesito saber! Era un Cruzado, ¿no?
- ¿Qué si lo era?
- No sé nada de mi hermano desde que salió para Tierra Santa. ¡Nada! Este hombre podría saber algo, ¿no cree?


- ¿Realmente te interesa tu hermano, o sólo quieres saber lo que está pasando en Medio Oriente?
- ¿Qué se supone que quiere decir con eso?
- Que nunca habías mencionado a tu hermano hasta que apareció este hombre que, según tú, es un Cruzado rumbo a Medio Oriente?
- ¿O sea que sí lo es?
- ¡Oye, chico! ¿Se te ha ocurrido que talvez la vida de monasterio no sea para ti? ¿Que quizás Dios no te dio las virtudes para ser monje?
- Pero, hermano Piers... ¡No he fallado en mis responsabilidades!
- ¡Pero tampoco las disfrutas!
- ¡Usted nos pasa diciendo que servimos al Señor con sacrificio!
- ¡No me estás entendiendo, muchacho! No me estoy quejando de tus labores, ni de tu disposición. Pero te veo y sé que no te hace feliz. Que preferirías estar en otro lugar, haciendo otra cosa.
- ¡Ah! ¿Y quién no? ¿Quién no quisiera otra vida?

Piers guardó silencio, pero sus ojos dijeron más que suficiente. El joven entendió, y se sintió avergonzado.

- "Lo siento", dijo suavemente.
- Mira, chico... Hay muchas formas de servir al Señor. Pero la forma de darle mayor gloria es viviendo la vida para la cual te creó.
- ¿Qué está diciendo, que no tome mis votos?
- No puedo decirte qué hacer. Pero lo que sí puedo decirte es que el Rey de Inglaterra va camino a Marsella para reunirse con su embarcación, y que zarparán hacia Tierra Santa en poco tiempo. Toda peregrinación necesita un salmista; toda expedición, un cronista. Y todo rey necesita un trovador.

* * * * *
Para cuando el joven llegó al puerto de Marsella, el sol ya calentaba en todo su furor. El aire estaba cargado de la cacofonía de gaviotas, mercaderes, y marineros; y del olor de la urea de los primeros pujando entre el hedor rancio de los últimos. Logró divisar, entre el gentío del muelle, la esbelta figura de un Cruzado cuya cabeza estaba bien por encima de todos. Una cruz engalanaba su capa mientras flotaba en la brisa marítima.

Abriéndose paso hasta él, descubrió que era un hombrecito de baja estatura. Parado sobre una gran caja de madera, miraba curiosamente hacia las naves que se perdían en el mar. Sintiéndose observado, volteó la mirada al joven – que fácilmente sería más alto que él, si ambos estuviesen parados en el mismo suelo – y desde su plataforma, gruñó:
- ¿Y? ¿Qué miras?
- ¿Es usted un Cruzado, señor?
Entrecerrando los ojos, el hombre soltó un resoplido de incredulidad mientras señaló la cruz en su capa.

Como quien procura mostrar reverencia a alguien que obviamente adolece de inseguridad, el joven fingió asombro y preguntó:
- No supongo, oh buen señor, que usted sabrá dónde puedo encontrar al Rey Ricardo de Inglaterra, ¿o sí?
- Pues, cualquiera pensaría que en Inglaterra, ¿no, muchacho?
- Cualquiera, sin duda, señor. Pero pensé que usted, siendo que es un Cruzado vistiendo el emblema de los caballeros de Inglaterra, sabría más de lo que aún los niños de Marsella saben.
- ¿Y qué es eso que saben aún los niños?
- Que el Rey Ricardo llegó a Marsella para recibir su flota y partir rumbo a Jerusalén.
- ¡Oh! ¿No me digas? ¿Y también saben que el gran Rey Ricardo se hizo ya a la mar en esa flota que va allá?

Y mientras el hombre señalaba a las barcas que se perdían en el horizonte, y el joven comprendía que había llegado demasiado tarde, su corazón se hundió.

* * * * *
Cuando Ricardo llegó a Marsella, sus barcos aún no habían llegado. Resulta que se habían entretenido en Portugal - unos apoyando al monarca Sancho I en batalla, y otros, irónicamente, saqueando Lisboa hasta que el mismo monarca los echó.

Ricardo perdió cuanta poca paciencia tenía y zarpó en barcos alquilados. En Génoa encontró a Felipe enfermo. Prosiguió bordeando la costa italiana, pasando por Nápoles, y se dirigió hacia Messina.

Mientras tanto, la mayor parte del ejército de Barbarroja se había desbandado. Su hijo Federico había seguido hacia Tierra Santa con lo que quedaba del ejército germánico-húngaro, con la intención de sepultar en Jerusalén los restos de su padre. Pero los esfuerzos por conservar el cuerpo en vinagre fracasaron. Su carne fue enterrada en la Iglesia de San Pedro en Antioquía, sus huesos en la catedral de Tiro, y sus entrañas en Tarso.

Wednesday, June 1, 2016

1190 verano

Ricardo despidió la flota en la que él mismo navegaría hasta Tierra Santa. Su embarcación navegaría los próximos cuatro meses rodeando Francia, Portugal, y España, para luego cruzar el Estrecho de Gibraltar. Mientras tanto, Ricardo avanzaría por tierra a Vézelay, Francia, con unos ochocientos hombres, para reunirse con Felipe. De allí marcharían hasta Marsella, donde sus barcos deberían estar ya esperando.

Barbarroja no había tenido mucho éxito en cruzar Anatolia. Los turcos habían pedido sumas exorbitantes de oro y tierras para cederle el paso, pero él rehusó. Ante eso, los turcos lanzaban emboscadas fastidiosas contra los germanos, lo cual desencadenó en amargas ofensivas de parte de los Cruzados. Los muertos se acumulaban a cada lado. Las filas de la infantería de Barbarroja sufrían deshidratación, baja moral, y deserción. Los recursos disminuían, y los turcos no capitulaban. Sin embargo, el ejército Cruzado seguía avanzando.

Y llegaron a Iconio.

El 14 de mayo, los Cruzados encontraron al ejército turco y se lanzaron contra él en una impresionante ofensiva de caballería pesada compuesta por siete mil lanceros. Pero lejos de proseguir su camino hacia Jerusalén, Barbarroja insistió en tomar Iconio. El 17 de mayo encontró al ejército germano acampando afuera de la ciudad, en el jardín de deleite del sultán. Mientras tanto, el sultán arengaba sus tropas para contraatacar.

Al día siguiente, Baldo se levantó antes del alba. Aunque no era formalmente parte del ejército - ni había tomado la cruz en pacto, ni tenía armas - él creía que jugaba un papel crucial. Encontró una loma desde donde pudiera observar los sucesos y desde donde el sonido de su flauta fuese llevado por el viento hasta los oídos de sus camaradas. En pie de guerra sobre la loma, comenzó a tocar melodías que despertaran el espíritu guerrero de los Cruzados.

Barbarroja dividió sus tropas en dos bandos. Envió uno bajo el mando de su hijo Federico, para asaltar la ciudad. Él personalmente lideró el otro, que en el campo haría frente al contraataque de los turcos. En cuanto se asomó su adversario, el Emperador gritó a sus soldados:
- ¿Por qué tardamos? ¿A qué le tenemos miedo? ¡Cristo reina! ¡Cristo conquista! ¡Cristo comanda!

Con un grito feroz, sus hombres salieron al encuentro de los turcos. Pelearon valientemente contra un enemigo mayor en número, pero no mayor en espíritu. La batalla en el campo fue reñida, pero el bando que asaltó la ciudad logró apoderarse de ella fácilmente. Con su guarnición rendida, el resto del ejército turco huyó, abandonando del todo la ciudad a merced de los cruzados.

La victoria de Barbarroja fue rotunda. En la loma, Baldo finalmente separó la flauta de sus labios. Mareado, sin aliento, sonreía triunfante. Los cruzados recogieron del campo lo que fuese útil o de valor alguno, y entraron a la ciudad.

Cinco días permanecieron en Iconio. Suponiendo que el sultán estaría preparándole una emboscada, Barbarroja ideó la manera de salvaguardar su marcha a través del resto de Anatolia llevando rehenes. Por supuesto, en una situación como ésta, no todos los rehenes tienen el mismo valor. Escasamente el sultán dudaría atacar a los germanos si los rehenes fuesen pobres campesinos. Pero no se atrevería a poner en riesgo la vida de sus nobles, sus funcionarios, y sus consejeros.

Los rufianes forzaron su entrada en las casas de los ricos, llevándose a cualquier varón con vestiduras nobles. Cuando irrumpieron en casa de Farnaka, él los estaba esperando, sentado en el patio interior. Había aceptado la situación; resignado, pero no avergonzado. Calmadamente se puso de pie y salió con los bárbaros.

Con todo, el suceso pudo haber sido bastante civilizado, de no ser porque Suna, quien observaba todo a través de las rendijas del armario donde estaba escondida, soltó un grito impulsivo por su tío, revelando así su ubicación. Un soldado caminó hasta el armario y lo abrió. Suna intentó escapar, pero su menudo marco no pudo contra el fornido brazo que la aprisionó. Los gritos y pataleos de Suna no lograron más que encender la malicia del soldado. Y las objeciones desesperadas de Farnaka no lograron más que demostrarle cuán vulnerable era ante el riesgo de que Suna fuere lastimada.

Los soldados les ataron las manos a ambos y se los llevaron, piezas de canje a favor de un libre pasaje. Marcharon con rumbo sureste hasta la puesta del sol, cuando levantaron el campamento donde pasarían la noche.

A la hora de la repartición de la comida, Baldo logró hacerse de un poco de pan de centeno con queso de leche de cabra que alguien rescató de la ciudad. Llevó la vianda hasta el parcho engramado donde había planeado dormir. Recostado contra una roca, comió sus manjares disfrutando del espectacular ejército de estrellas que iluminaban la noche. En un instante, la luna se mostró en todo su esplendor.

Baldo estaba embelesado, hasta que oyó los sollozos. Provenían de la tienda donde mantenían cautivos a los rehenes. Aunque no podía verla, Baldo sabía que quien lloraba era la chica. A su manera de ver, era deshonroso haberla traído forzosamente a una guerra de hombres. Baldo sacó su flauta. A la luz de la luna y con los grillos de fondo, tocó una dulce melodía. Como queriendo hablar en cada nota, intentando consolar. Hasta que terminó el sollozo.

Desde ese momento, Baldo sentía una extraña responsabilidad respecto a Suna. Como si fuese su deber mantenerla segura. Después de todo, ¿qué culpa tenía la pobre prisionera? Así que se mantenía lo suficientemente cerca como para vigilarla, mas no lo suficiente como para entablar una verdadera conversación. Pues Baldo, aunque no podía hablar, sabía comunicarse perfectamente.

El petirrojo europeo es una avecilla distribuida por toda Europa. Emite una característica voz de alerta - un chip-chip metálico y seco - que es fácil de oír, pero difícil de localizar. Cuando Baldo era niño, aprendió a emular su sonido, y sus hermanos lo usaban de vigía cada vez que hacían alguna travesura. Una tarde, Baldo vio al soldado malvado acercarse a Suna con saña. Instintivamente comenzó a hacer su chip-chip, advirtiéndole del peligro, y Suna se volteó justo a tiempo para evadir el vengativo golpe.

El 10 de junio llegaron al Río Saleph. Baldo tomó su lugar en el punto más alto que encontró y tocó una melodía marcial para animar a los Cruzados. Sin duda alguna, Barbarroja no debía haber cruzado las aguas ese día. En medio del tumulto, con tantos soldados haciéndose camino a través del agua, pocos se percataron de la caída del Emperador. Para cuando sacaron su cuerpo, ya no había vida en él. Su hijo Federico corrió al cuerpo ahogado de su padre con un grito de angustia, y el terror se extendió en una oleada sobre las tropas.

Desde su palco, Baldo observaba horrorizado. Pero salió de su estupor cuando vio al soldado malvado apresurándose para asegurar a los prisioneros. Temiendo lo peor para Suna, comenzó su alarma frenética: ¡chip-chip! ¡chip-chip! Pero esta vez, el soldado lo descubrió:
- ¡Tú! ¡Todo esto es tu culpa! ¡Traidor!

Suna, ya advertida y aprovechando la confusión, tomó velozmente el cuchillo de la vaina de otro soldado que pasó cerca. Cortó las sogas que ataban las manos de Farnaka, y luego él las de ella.
- “¡Corre!”, le urgió su tío.

Suna corrió hacia el espesor de los árboles de la ribera, mientras que Farnaka tomó una lanza que alguien había abandonado en el río. Con el furor de mil árabes, le partió el asta en el lomo a su adversario y lo tumbó.

Llegando a tierra seca, Suna llevo sus dedos a su boca y soltó un estrepitoso silbido en dirección de Baldo. Éste saltó de inmediato y juntos se perdieron entre la espesa vegetación.

Thursday, April 21, 2016

1190 primavera

Beatus vir qui non abiit in consilio impiorum, et in via peccatorum non stetit, et in cathedra pestilentiæ non sedit ;  sed in lege Domini voluntas ejus, et in lege ejus meditabitur die ac nocte.  Et erit tamquam lignum quod plantatum est secus decursus aquarum, quod fructum suum dabit in tempore suo : et folium ejus non defluet ; et omnia quæcumque faciet prosperabuntur.  Non sic impii, non sic ; sed tamquam pulvis quem projicit ventus a facie terræ.  Ideo non resurgent impii in judicio, neque peccatores in concilio justorum :  quoniam novit Dominus viam justorum, et iter impiorum peribit.

- "¿Por qué tiene que ser en latín?", preguntó el joven novicio.
- "Porque es la lengua del Canon Romano", respondió el prior.
- "Pero, ¿no sería mejor que todos pudieran entenderlo? ¡No conozco ni una sóla persona que hable latín!"
- "El abad habla latín."
- "¿El abad? ¡Por Dios!"
- "Cuidado..."
- "Perdón, perdón", enmendó el joven, persinándose. "Pero, Hermano Piers, por favor. Usted sí entiende los tiempos modernos. ¿Oyó a los niños cantando ayer?" El joven entonó la canción:
     Heureux l'homme qui ne marche pas
     selon le conseil des méchants,
     Qui ne s'arrête pas sur la voie des pécheurs,
     Et qui ne s'assied pas en compagnie des moqueurs...
- "Sí, claro que los oí. Y me preguntaba quién se habría tomado la doble molestia de traducir el cántico del primer salmo al francés y luego enseñárselo a los huérfanos..."
- "¡Ya ve! Con esa canción, ya se saben todo un salmo de memoria. ¿Y no le parece que entender las Sagradas Escrituras en su propio idioma les será más útil que oír la misa en latín?"
- "Ah, pero cuando el Apóstol Pedro ofició la primera misa, no lo hizo en francés, sino en latín."
- "¡Hermano Piers! No habla en serio, ¿o sí?"
- "Es la postura oficial del Papa, muchacho. ¡No trates de meterme en más problemas! Si de verdad piensas tomar el hábito de profeso y esperas tener una larga y feliz estadía aquí en la Abadía de San Pedro, tendrás que aprender a hacer menos preguntas."
- "¿O sea que sí puedo enseñarles a los chicos el segundo salmo en francés?"
- ¡Ah! Está bien, hazlo. ¡Pero no dejes que el abad se entere!

A pocos kilómetros de Arlés (donde coincidentemente fue coronado el Sacro Emperador Romano Federico Barbarrosa en el 1178), en el departamento de Bocas del Ródano al sur de Francia, se extiende un marjal. Es una zona húmeda y pantanosa cubierta de una exuberante vegetación que atrae el paso migratorio de las aves entre el norte de Europa y África. En medio de este marjal hay una roca, y sobre ella levantaron los monjes benedictinos del siglo X la estructura principal de la Abadía de San Pedro de Montemayor.

Mediante una creciente red de prioratos, la pequeña abadía logró extender su influencia por Arlés y la Provenza hasta convertirse en un verdadero conjunto monástico. Incluía el panteón de los condes de Provenza, una ermita para la oración y el recogimiento, y un monasterio. Pero quizás su mayor crecimiento se debía al peregrinaje de la Santa Cruz.

Eran muchísimos los peregrinos que llegaban hasta el sitio donde se guardaba la reliquia - un fragmento de madera presuntamente rescatado de la cruz en la cual fue crucificado el mismo Jesús de Nazaret. Ante la Santa Cruz, hombres y mujeres de todas las edades y trasfondos presentaban las más variadas peticiones. Salud para un pariente enfermo. Dinero para salir de la ruina. Seguridad para un viajero amado. Todas las rogativas, grandes o pequeñas, siempre debían ser respaldadas con una ofrenda. Y si la aprobación del abad era algún indicador, era de que mientras más grande la ofrenda, mayor la probabilidad de que la reliquia concediera lo pedido.

Había diversos motivos para que un joven quisiera tomar el hábito en San Pedro. El fervor religioso era el más obvio, pero irónicamente no el más común. En San Pedro, un novicio podía saciar su mente al igual que el vientre, aprendiendo las letras y un oficio digno. Además, podía llegar a ser monje, prior, y hasta abad. Y la Abadía era lo suficientemente influyente como para servir al menos de plataforma para una carrera en las cámaras eclesiales superiores, si el candidato era astuto. Luego, muchos jóvenes que llegaban al noviciado eran el segundo hijo de algún noble que, habiendo comprometido la mayor parte de sus bienes para enviar a su primogénito a una de las Cruzadas, no tenía otro recurso más que entregar al siguiente de su prole a una vida monástica donde al menos tendría una puerta a la fe, una educación, y la dignidad de servir al Señor y al prójimo.

Pero en tiempos de Cruzada no había mayor honor que hacer la peregrinación a Tierra Santa y pelear en la liberación de Jerusalén. Quizás la suerte de nuestro novicio fue echada casi noventa años atrás, cuando su bisabuelo siguió al duque Guillermo IX de Aquitania a la segunda de estas expediciones religioso-militares. Regresaron derrotados, pero el bisabuelo aprendió a ver en el duque el valor de la poesía y el tesoro de la música. Y como si hubiera replicado las virtudes en sí mismo, las transfirió a hijo, nieto, y bisnieto. El misterioso de la transferencia de las riquezas espirituales es que no hace menos rico al que las reparte. Pues con el transcurrir de los años, siguieron siendo patrones de las artes los subsiguientes duques de Aquitania: Guillermo X, Leonor, y Ricardo Rey de Inglaterra.

Nuestro joven, pues, había llegado a San Pedro por una convergencia de fuerzas. Sí porque, como todo buen Cristiano, quería servir a Dios y a su prójimo. Pero también porque amaba aprender, y anhelaba poder transcribir libros y libros en la biblioteca de San Pedro. Además, sus padres habían fallecido unos años atrás, víctimas de la viruela, dejando la responsabilidad de vasallo a su primogénito. Éste, obligado a prestar servicio militar a su señor - quien a su vez estaba comprometido a seguir al Rey Felipe en su cruzada - había decidido que su hermano menor estaría al menos seguro en la Abadía de San Pedro de Montemayor.

Para monjes y novicios, el primer servicio del día comenzaba puntualmente a las tres. De la mañana. La mayoría de los jóvenes llegaba con la mala costumbre de levantarse tarde - a las cinco - para atender a los animales. Pero el abad descubrió que aquellos que no abandonaban voluntariamente sus caminos perezosos, lo hacían con prontitud después de un par de días sin comer. Los demás servicios se llevaban a cabo cada tres horas. El último era a las nueve de la noche, justo antes de retirarse para dormir; a menos que la Liturgia de las Horas indicara vigilia.

Los servicios se llevaban a cabo en el santuario del monasterio, la Capilla de San Pedro. Todos incluían un versículo inicial, un himno, uno o dos salmos, un pasaje de las Escrituras, y una oración final; algunos agregaban lecturas adicionales, meditaciones y bendiciones especiales. Más que cualquier otra parte del servicio, nuestro amigo disfrutaba de los himnos y los salmos.

Entre servicios, todos trabajaban arduamente en las diversas tareas del monasterio. Unos cultivaban la tierra y criaban animales, mientras otros se ocupaban de la cocina y la panadería. Éstos atendían a los enfermos y a los pobres que llegaban a la Abadía en busca de misericordia, aquellos se encargaban de las actividades de los peregrinos en la Capilla de la Santa Cruz, y aún otros hacían todo lo relacionado a la posada de los peregrinos - de los cuales algunos se quedaban por una noche, otros por varios días. Y, por supuesto, estaban las labores de la biblioteca, donde hubiese permanecido, si tan sólo fuera posible, el joven novicio nuestro.

De todo el monasterio, la biblioteca era su lugar favorito. La belleza rústica de los mesones de madera, bruñidos por años de tinta y sudos, contrastando con la claridad de las masivas paredes de roca. El olor mustio de los viejos pergaminos, cuidadosamente archivados bajo los ojos sombríos de los grandes candeleros colgantes. El maravilloso llamado inaudible de pluma y tintero.

El encargado de la biblioteca había salido del país en una encomienda especial del abad. En su ausencia, el hermano Piers debía cubrir sus responsabilidades - llevar registro de los eventos de los tiempos, educar en las letras a los novicios, transcribir manuscritos y entrenar nuevos transcriptores.

- Quod factum est ipsum permanet...
- "Lo que es, ya fue", respondió un pupilo de cabello alborotado.
- Quae futura sunt iam fuerunt...
- "Lo que será, ya sucedió", replicó otro.
- "¡Pero hermano Piers!", protestó el primero. "Si ya sucedió lo que será, ¿entonces para qué tenemos que estudiar las profecías?"
- Dime una cosa: Si supieras que el mundo va a terminar mañana, ¿cambiarías tus planes para el día de hoy?
- ¡Absolutamente!
- Entonces, no planeabas vivir hoy memorablemente.

A un costado del salón, la atención de nuestro amigo no descansaba en Eclesiastés. Absorto, miraba por la ventana hacia el claustro, donde se alzaba el cabezal de piedra del pozo. Sobre éste se levantaba un delgado arco de hierro con una polea, de donde colgaba un balde de madera para sacar agua del pozo. Esa mañana, alguien había dejado atado el balde de tal forma que colgaba a la altura de la cabeza del pozo. Y la brisa lo mecía, golpeándolo contra la piedra. Tuc. Tuc. Tuc.

Wednesday, March 30, 2016

1189 invierno

Suna siempre había conocido a su tío como un hombrecito nervioso, acomplejado y tacaño. Pero desde su llegada a Iconio, le vio una cara que no le había conocido antes: Farnaka el político. Una cosa eran las relativas comodidades a las que Suna estaba acostumbrada – gracias al trabajo honesto de sus padres. Otro asunto muy distinto era el mundo al que su tío la introdujo. Farnaka era, después de todo, consejero del sultán.

Durante meses, Suna acompañó a Farnaka de evento en evento, cada uno más suntuoso que el anterior. En medio del lujo y los excesos, Suna conoció a los integrantes de la alta sociedad de Iconio, y poco a poco descubrió cuán importante era su tío en las estructuras del sultanato. Por supuesto, Suna no hallaba ninguna oposición al esplendor de las joyas, la elegancia de las ropas, y la suculencia de comidas. Y las nuevas amistades que estaba forjando en los festines – por muy superficiales – la entretenían alegremente.

En vista de que su nueva vida consistiría en conocer Iconio y participar de los banquetes y demás eventos sociales, no había daño en disfrutar de ello. De sus nuevas amigas, Suna aprendió nuevos bailes y conoció nuevas costumbres. Una de ellas había sido entregada a la tierna edad de siete años para ser parte del harem del sultán, en la esperanza de que un día se casara con un hijo suyo. Ella bromeaba que seguramente Farnaka estaba planeando un destino similar para Suna. Por supuesto, Suna encontraba horrenda la idea, pero seguía la broma con un “Puede ser”, y cambiaba el tema.

Pero era en momentos como esos cuando más extrañaba a sus padres y la seguridad que siempre brindaban.


Mientras tanto, al norte, el Rey Ricardo echaba a andar sus propios preparativos para la cruzada. Los primeros barcos ingleses zarpaban hacia Tierra Santa, y Ricardo estableció a Guillermo de Longchamp como canciller de Inglaterra para proteger el reino en su ausencia. En unos meses, Ricardo mismo cruzaría el Canal de Inglaterra para dirigirse a Vézelay para encontrarse con el Rey Felipe.

Entre tanto, Saladino - con tropas de Egipto, Turquestán, Siria y Mesopotamia - buscaba la manera de enfrentar al ejército de Guido de Lusignan, los contingentes de cruzados europeos, y los miembros de las órdenes militares. Los musulmanes se formaron al este de la ciudad, en un semicírculo en medio del cual quedó el ejército cruzado.

Los caballeros templarios se precipitaron en un ataque desarticulado al ala derecha de Saladino. Los musulmanes enviaron refuerzos de otras partes del campo y las ballestas de los cruzados abrieron camino a la caballería pesada, con lo que los flancos de Saladino fueron puestos en fuga. Entonces las tropas cristianas se dieron el saqueo. Saladino logró reagrupar sus fuerzas y contraatacó con su artillería ligera, causando mucho daño a los cristianos hasta que llegaron las tropas de relevo. Pero con eso, la entrada norte de la ciudad quedó expuesta, y cinco mil árabes salieron a unirse con el ala derecha musulmana, obligando a los templarios a retirarse. Al final, los cruzados repelieron el ejército de socorro, pero sufrieron miles de bajas. Aunque incompleta, era una victoria para Saladino.

Con la llegada de más cruzados europeos, Guido logró bloquear el acceso a Acre por tierra. Entonces Saladino trajo más tropas, para rodear la ciudad y el campamento cruzado en dos cercos separados. Pero la noticia de la inminente llegada del Emperador Barbarroja alentaba a los soldados cristianos.

En efecto, Barbarroja había arribado al Reino de Hungría, donde fue recibido por el rey Bela III y su hermano, el príncipe Geza. Ambos aceptaron acompañarlo a enfrentar a Saladino y a los musulmanes, y Geza sumó dos mil soldados húngaros al ejército de Barbarroja. Después de atravesar Hungría, Serbia, Bulgaria y el Imperio Bizantino, el multitudinario ejército llegó a la Anatolia - el territorio que estaba en poder del sultanato selyúcida de Rum, y cuya capital era Iconio.

Wednesday, March 9, 2016

1189 otoño

Era un día gris y de brisas frías cuando Ricardo I fue coronado Rey de Inglaterra. Su camino al trono no había sido ligero…

El tercer hijo legítimo del rey Enrique II de Inglaterra, fue el hijo favorito de su madre, Leonor de Aquitania. Al igual que la mayoría de los gobernantes ingleses de la Casa de Plantagenet, Ricardo era esencialmente francés. Después de la separación de sus padres, Ricardo fue investido como duque de Aquitania. En vista de que Enrique no mostraba intenciones de nombrar su sucesor, Leonor alentó a Ricardo y a sus hermanos – Enrique el Joven y Godofredo, duque de Bretaña – a rebelarse contra su padre. Pero el rey Enrique II aplastó la revuelta y capturó a Leonor. Ricardo no pudo más que pedir perdón y someterse a la voluntad de su padre.

Pero la tensión volvió a aumentar cuando Enrique II demandó que Ricardo rindiera homenaje a su hermano mayor, Enrique el Joven – aparente heredero de la corona, ya que el primer hijo legítimo de Enrique II había muerto en la infancia. Cuando Ricardo rehusó, fue atacado por Enrique el Joven y Godofredo, y sus propios barones se rebelaron contra él. Pero Ricardo había ya crecido en sus habilidades militares, y pudo repeler estos ataques con astucia.

Enrique el Joven murió ese mismo año, y Godofredo, tres años más tarde. Enrique II comisionó a su hijo menor, Juan, a continuar la campaña contra Ricardo, pero éste se alió con el rey Felipe II de Francia – con cuya hermana Adela estaba comprometido desde la niñez. Además, Ricardo le cedió a Felipe sus derechos a Normandía y Anjou. Y cuando supieron que Saladino había ocupado Jerusalén, Ricardo y otros nobles franceses tomaron la cruz en Tours.

En 1189, las fuerzas unidas de Ricardo y Felipe vencieron al ejército de Enrique en Ballans. Enrique se vio obligado a nombrar a Ricardo como su heredero a la corona de Inglaterra. Dos días más tarde murió.

… Y fue así como Ricardo I, con poco más de treinta años de edad, vino a ser coronado en la abadía de Westminster y ascendió al trono de Inglaterra.

Mientras tanto, Conrado de Monferrato seguía protegiendo el puerto de Tiro. Ya no tanto de Saladino, sino más bien de Guido de Lusignan y Sibila quienes querían instalarse allí como sucesores del reino de Jerusalén. Acampado afuera de la ciudad, Guido consiguió el apoyo de los contingentes enviados por Guillermo II de Sicilia – 200 caballeros – y Ubaldo de Lanfranchi, Arzobispo de Pisa – 52 barcos.

Guido necesitaba una base desde la cual contraatacar a Saladino. Como Conrado le negaba entrada a Tiro, Guido levantó su campamento y se dirigió al sur. Él y sus tropas avanzaron a lo largo de la costa, mientras que los sicilianos y pisanos fueron por mar. Cincuenta kilómetros al sur, en una península en el golfo de Haifa, se encontraba otro puerto que serviría para los propósitos de Guido. Pero estaba bajo control de los árabes musulmanes.

Acre estaba protegida del mar por un fuerte dique al oeste y al sur, mientras que el puerto en sí quedaba al este – resguardado contra el mar abierto por la ciudad misma. Arribando desde el norte por tierra firme, Guido llegó a la entrada de la península, que estaba resguardada con muro y antemuro con sus torres. Su ejército tenía quizás la mitad del tamaño de la guarnición musulmana dentro de Acre, mas eso no le impidió intentar un ataque sorpresivo contra los muros. Su intento falló, así que Guido erigió su campamento afuera de la ciudad mientras llegaban los refuerzos por mar.

Los sicilianos se retiraron, pero en su lugar llegaron una flota danesa y una de Frisia, además de soldados franceses, flamencos, alemanes, italianos y armenios. Aun Conrado de Monferrato envió tropas desde Tiro para unirse a las fuerzas que estaban rodeando Acre.

Las noticias de estos eventos no tardaron en llegar a Saladino. El caudillo reunió sus tropas y marchó al rescate de Acre. Pero su ataque contra el campamento de Guido resultó infructuoso.

Mientras tanto, adentro de los muros de la ciudad, Aamir metía dátiles en una canasta. “Vuelvo pronto”, dijo a Parmida. Y con un beso, salió.

En las calles de Acre, el sentimiento colectivo fluctuaba día con día. Aún no había desesperanza. Más bien era la excitación de un pueblo que piensa que el conflicto se resolverá mañana. Y ciertamente eso era lo que decían los comunicados oficiales. Cada día, a la misma hora, el pregonero tomaba la plataforma en la plaza mayor para informar a los ciudadanos de Acre sobre los avances del ejército del gran Saladino contra los crusados opresores. Y cada día, según este informe, Saladino se acercaba un poco más a la victoria.

Pero Aamir, entendiendo la necesidad de dar tales noticias para evitar el pánico, quería la verdad. Y mientras el pueblo se dirigía a la plaza, él tomaba la dirección contraria – hacia los muros de la ciudad. “Traigo unos bocadillos para los muchachos de la torre”, dijo al guardia, ofreciéndole un racimo. El guardia examinó los contenidos de la canasta, tomó el racimo, y le dio la pasada.

Una vez en la torre, Aamir repartió los frutos a los vigías. Mientras conversaba con ellos sobre la situación, miraba con sus propios ojos. El equipamiento de los muros. El campamento de Guido de Lusignan. El campamento de Saladino. Hacia el este, por encima de la ciudad, lograba ver el mar del golfo, mas no podía ver claramente las flotas. Intentó tomar la ruta sobre el muro hacia la torre noreste, pero los vigías no se lo permitieron. “Tendré que ir mañana”, pensó. “Con más dátiles”.

Una vez en casa, Aamir se sentó a escribir una carta para su hija…
Suna, preciosa:
No sé cuándo llegará hasta ti mi carta – si es que llega. Pero puedes estar segura de que lleva todo mi amor.
Acre es todo lo que imaginamos, y mucho más. Hay oportunidades por doquier. Y sabes bien que forjamos nuestro propio destino aprovechando las oportunidades que la vida nos da. Por eso me alegro de que estés descubriendo el mundo. ¡Vuela, mi Suna! ¡Haz brillar la luz que llevas en el corazón!
Sólo lamento que este año no podremos celebrar juntos tu cumpleaños.
Te ama,
Babaan

Wednesday, February 17, 2016

1189 verano

El Reino de Jerusalén era un reino en conflicto. El Rey Balduino IV había muerto de las complicaciones de la lepra en 1185. Le sucedió su sobrino, un niño enfermizo que murió al año siguiente. El poder estaba siendo disputado entre dos facciones. De un lado: la Reina Sibila – hermana de Balduino – con su esposo Guido de Lusignan, quien había fungido como regente de su cuñado. Y por otro lado: Isabel – hermanastra de Balduino – como candidata de Raimundo, conde de Trípoli, y el partido de los nobles, quienes procuraban derrocar a Sibila y Guido.

Guido se había aliado con Reinaldo de Châtillon, un rufián con los títulos de señor de la Transjordania y de la fortaleza de Kerak. En violación de treguas firmadas, Reinaldo había atacado caravanas musulmanas hasta que atacó aquella en la que viajaba la hermana del mismo Saladino. Adicionalmente, Raimundo de Trípoli se había aliado con Saladino contra Guido. Y aunque el partido de los nobles logró reconciliar a Guido y Raimundo, Saladino había derrotado al ejército del Reino de Jerusalén en la batalla de Hattin el 4 de julio de 1187. Con la excepción del puerto de Tiro que defendió Conrado de Monferrato, Saladino logró reconquistar el reino.

Europa se estremeció con los reportes. El papa Gregorio VIII convocó una cruzada para liberar la Tierra Santa, y tomaron la cruz algunos de los líderes más importantes de Europa: Felipe II de Francia, Ricardo I de Inglaterra, y Federico I – el emperador romano, también llamado “Barbarroja”. Esta peregrinación vendría a ser conocida como la Tercera Cruzada.

En ese mundo se internaron Aamir y Parmida el día que arribaron a Acre con camellos cargados. No los guiaba ni ignorancia ni insensatez, sino astucia. Aamir entendía que un reino en crisis tiene necesidades especiales, y él estaba preparado para satisfacerlas. Por el precio justo.

Aamir, siempre el mercader, era fluente en varios idiomas, pero sobre todo en diplomacia. En cuanto a religión y política - que suelen ser lo mismo en esa parte del mundo - de alguna manera lograba mantener un ascetismo que le abría puertas en todas las arenas. Musulmanes, budistas, cristianos, ateos - comerciaba con todos. Al no identificarse con un extremo en particular, servía de puente entre aquellos que rehusaban hablar entre sí. Allí reposaban su genio y la fuente de su fortuna.

Una sola vez Aamir se había visto en la obligación de redefinir su ética comercial. Habiéndole vendido a ambos lados de una riña entre tribus - acero de Damasco a uno, caballos al otro - vio que podría acumular riquezas impresionantes supliendo para las necesidades de guerras mayores. Pero en su siguiente viaje se tropezó con los cadáveres de los derrotados, y vio los estragos de la maldad del hombre. "Si acaso hay un Dios", pensó Aamir, "no creo que apruebe esto". De allí en adelante se limitó a abastecer zonas de conflicto sólo con bienes más honorables - como alimentos, telas y medicinas - aunque fueran menos lucrativos.


Mientras Aamir trabajaba sus canales comerciales en Acre, el Emperador Barbarroja – quien un año atrás había enviado una carta desafiando a Saladino a una justa en la llanura egipcia de Zoan – salía de Ratisbona, rumbo a liberar Tierra Santa. Su última parada en territorio del Imperio Romano: Viena.

Vivía en uno de los feudos vieneses un jovencillo llamado Teodobaldo – “Baldo”, para sus amigos. Tenía quince años y era sumamente inquieto. Aunque era pobre, soñaba con la vida de las cortes reales. Baldo tenía un impresionante don para la música, y su curiosidad lo llevaba a dominar cualquier instrumento sobre el cual lograba poner sus manos. Más que cualquier cosa en el mundo, anhelaba ser parte del cuerpo de músicos que entretenían a algún noble y sus invitados. Si su habilidad bien le habría abierto puerta a ese tipo de oportunidades, su condición social no le brindaba acceso a los círculos de nobleza. Además, Baldo era mudo de nacimiento.

Baldo alzó la mirada a la distancia. Sobre una colina vio asomarse lo que al principio parecía sólo una pequeña columna de hombres. Por las cruces que llevaban cosidas a sus ropas, supo que se trataba de soldados cruzados. Aquella columna pronto reveló lo que realmente era: el majestuoso ejército del sacro emperador romano – cien mil hombres, incluyendo veinte mil caballeros.

Dejando de inmediato sus herramientas de campesino, Baldo corrió a casa. En una esquina de la habitación única que compartía con sus padres y hermanos, había un baúl de madera. En él guardaba sus más valiosos tesoros – los instrumentos musicales que había construido o rescatado desde su niñez. Rápidamente se ató un cascabel al tobillo derecho. Tomando dos flautas y un tambor, los metió en un morral. Afuera de la casa encontró a su madre atendiendo una hortaliza. Con un beso y un breve pero sentido abrazo, Baldo salió velozmente hacia donde había visto que pasaría el ejército. Su madre, ligeramente confundida, no se imaginaba que no lo volvería a ver por mucho tiempo.

Baldo alcanzó al ejército, como a la mitad de la enorme fila. Su apresurado plan era animar a los soldados tocando melodías marciales con las flautas. Pero al encontrarse sin aliento después de la carrera, no pudo más que marcar un ritmo de marcha con el cascabel y el tambor.

Al principio nadie parecía prestarle atención. Pero tal era su entusiasmo, que eventualmente se hizo notar. Para entonces ya había recuperado su aliento, así que sacó una flauta y comenzó a tocar. Viendo que los soldados daban bienvenida al rompimiento de la monotonía, Baldo sacó su segunda flauta. Poniéndola a sus labios junto a la primera, tocó dos melodías, formando dulce armonía, para el asombro de los soldados.

Así siguió Baldo entreteniendo a los soldados del ejército imperial. Sin pensar mucho de ello. Cuando vino a darse cuenta de cuánto se había retirado de casa, estaba cruzando del imperio romano hacia el Reino de Hungría.

Thursday, January 21, 2016

1189 primavera

Suna abrazó a su padre. Quería ir, pero no quería irse.

Aamir descendía de una tribu de comerciantes. Por generaciones habían trasladado mercancías en el extremo occidental de la ruta que corría desde China hasta el Mediterráneo. "Yo tenía tu edad la primera vez que visité Iconio", dijo suavemente Aamir, sintiendo el temor de su hija. "Y me cambió la vida", agregó. Suna, reteniendo las lágrimas, inquirió tímidamente: "¿Porque conociste a Mamá?" "No," bromeó Aamir, "¡Porque al fin pude dormir en una casa y no en una tienda en medio del desierto!" Suna rio.

"Hija... Hemos trabajado duro, y nos va bien. Pero quiero para ti algo mejor que esta vida de camellos. Y si tengo la oportunidad de dártelo, quiero hacerlo." Suna había estado separada de su padre antes. Desde que era una bebé, cada vez que Aamir salía con la caravana, Suna quedaba en casa con su madre. Pero esta vez era diferente. Suna respiró profundo para controlar su voz. "Siempre fuiste tú el que se iba; y yo sabía que regresarías. ¡Pero ahora soy yo la que se va, y no sé qué va a pasar!" La emoción la traicionó; su voz se quebró y se abrieron las fuentes de sus ojos.

Aamir abrazó a su hija tiernamente. "No temas, cariño. Hoy salen de Palmira y llegan en dos semanas, no más. Tu tío se asegurará de eso - ya sabes cómo es de quisquilloso. Y en cuanto a Iconio... ¡Te va a encantar! Cuando menos acuerdes, ya el año habrá pasado".

Iconio era la capital del sultanato selyúcida de Anatolia. Allí nació Parmida, madre de Suna, y allí vivió hasta el día en que salió como mujer de Aamir; rumbo a Palmira, a unos novecientos kilómetros al sureste. Ambos provenían de familias tribales árabes más dadas a la religión del hacer riquezas que a la de Mahoma. Y como la unión resultara en un rotundo éxito comercializando productos del lejano oriente, cualquier desconfianza entre las familias quedó prontamente olvidada.

Aamir y Parmida tuvieron una sóla hija, y era el brillo de sus ojos. Contrario a las costumbres del mundo árabe de finales del siglo doce, habían criado a Suna con miras a que fuera una mujer moderna. Le habían enseñado a leer y a escribir, y a hablar la lengua franca de las regiones con las que hacían negocios. La habían instruido en todos los aspectos de la empresa; desde conducir la caravana de camellos hasta resguardarse de los ladrones en el camino. Cómo identificar la mejor seda china, y cómo convertir de una moneda a otra, más la ganancia.

Desde hace algún tiempo, Aamir había estado ojeando la oportunidad de abrir una nueva ruta comercial con Acre, un puerto a unos cuatrocientos kilómetros al suroeste de Palmira. Ahora que Suna tenía catorce años, sus padres habían dispuesto enviarla con la familia de Parmida mientras ellos trabajaban la nueva ruta. Estaban diciendo sus despedidas antes de la salida del sol. Dentro de poco, Aamir y Parmida llevarían su caravana cargada de mercancías en una dirección. Pero su mayor tesoro saldría por otra ruta con su tío Farnaka.

En el siglo V a.C., el rey persa Darío I construyó el Camino Real Persa; una carretera para comunicar su extenso imperio que abarcaba desde la ciudad de Susa hasta el puerto de Esmirna en el mar Egeo, conectando con muchas otras rutas que fomentaban el contacto regular entre la India, Mesopotamia y el Mediterráneo. Gracias a esta carretera y a la temeridad de los mensajeros del reino y sus caballos veloces, el sistema de correos persa era impresionantemente eficiente. A intervalos regulares a lo largo del trayecto había estaciones postales con caballos frescos y jinetes dispuestos. Así, los correos reales podían viajar casi cuatrocientos kilómetros diarios, llevando mensajes de un extremo al otro en sólo nueve días, cuando a los viajeros normales les llevaba cerca de tres meses completar el trayecto. Éste fue el sistema que famosamente usó la Reina Ester para enviar su mensaje de salvación a los judíos diseminados por todo el imperio medo-persa durante el reinado de Jerjes el Grande.

Las caravanas, sin embargo, viajaban más lentamente, de un caravasar a otro. Los caravasares eran estaciones reales, a cada treinta kilómetros aproximadamente a lo largo de los principales caminos de Asia Menor. Allí los viajeros y sus animales podían descansar, alimentarse, y pasar la noche. Como los caravasares atravesaban tramos habitados y libres de peligros, eran también los puntos idóneos para controlar el comercio y cobrar los impuestos respectivos. Aunque el peso de los impuestos era considerable, era difícil discutir con las conveniencias que ofrecían las instalaciones; no sólo en facilidades y seguridad para los viajeros – y sus animales y mercancías – sino también en que eran clave para todo tipo de intercambios entre muchas culturas. Intercambios de bienes, de información, de ideas.

Con la expansión de los túrquicos islámicos hacia el occidente chino a partir del siglo X, el comercio en la famosa Ruta de la Seda se vio perturbado. Ahora el Califato islámico controlaba el comercio que atravesaba el Medio Oriente y utilizaba los caravasares para potenciar el mercado y la economía interior. Afortunadamente, Farnaka estaba emparentado con el sultán selyúcida Kilij Arslan II. El viaje de Suna con su tío prometía ser muy cómodo de verdad.

Desde que era una pequeña, cada vez que viajaba, Suna intentaba hacer en la caravana tantos amigos como fuera posible. Quizás la movía la falta de hermanos. O talvez porque heredó la afabilidad de su padre y la empatía de su madre. Siempre acababa ganándose el afecto de todos - fuesen nómadas o peregrinos, soldados o mercaderes. Así, pues, el inicio de un viaje siempre resultaba emocionante. Y particularmente en esta ocasión, la emoción haría más tolerable el estarse alejando de sus padres.

Las primeras noches las pasaron en el desierto – lo cual parecía incomodar a Farnaka más que a Suna. Para cuando llegaron al primer caravasar unos días más tarde, Suna no sólo conocía ya a todos los integrantes de la caravana, sino que había participado en varios intercambios. Sus acompañantes le dieron a probar frutas y condimentos que nunca antes había probado. Y le contaron historias.

Un viejo mercader se encariñó de Suna, y le contó la historia de la seda mediterránea. Cuando los partos introdujeron la seda china al Imperio Romano, los romanos creían que la seda se obtenía de los árboles. Las mujeres comenzaron a consumir tanto del lujoso material, que el flujo de salida de oro llamó la atención del Senado. Éste intentó prohibir el uso de la seda mediante decretos legales y campañas de difamación, pero fue en vano. Después de la caída del imperio, dos monjes cristianos descubrieron finalmente cómo los chinos hacían la seda. Unos espías robaron los huevos de los gusanos de seda, y fue así como inició la producción de seda en el Mediterráneo.

Y un soldado musulmán que sirvió bajo Saladino le contó de cómo vencieron a los cruzados en la batalla de Hattin, ocupando de nuevo Jerusalén para los musulmanes y tomando Tierra Santa. “Pero Saladino”, le dijo el soldado, “trató con clemencia a los cristianos que encontró en Jerusalén. No los asesinó cruelmente como hicieron ellos con los árabes en la Primera Cruzada”.