Wednesday, February 17, 2016

1189 verano

El Reino de Jerusalén era un reino en conflicto. El Rey Balduino IV había muerto de las complicaciones de la lepra en 1185. Le sucedió su sobrino, un niño enfermizo que murió al año siguiente. El poder estaba siendo disputado entre dos facciones. De un lado: la Reina Sibila – hermana de Balduino – con su esposo Guido de Lusignan, quien había fungido como regente de su cuñado. Y por otro lado: Isabel – hermanastra de Balduino – como candidata de Raimundo, conde de Trípoli, y el partido de los nobles, quienes procuraban derrocar a Sibila y Guido.

Guido se había aliado con Reinaldo de Châtillon, un rufián con los títulos de señor de la Transjordania y de la fortaleza de Kerak. En violación de treguas firmadas, Reinaldo había atacado caravanas musulmanas hasta que atacó aquella en la que viajaba la hermana del mismo Saladino. Adicionalmente, Raimundo de Trípoli se había aliado con Saladino contra Guido. Y aunque el partido de los nobles logró reconciliar a Guido y Raimundo, Saladino había derrotado al ejército del Reino de Jerusalén en la batalla de Hattin el 4 de julio de 1187. Con la excepción del puerto de Tiro que defendió Conrado de Monferrato, Saladino logró reconquistar el reino.

Europa se estremeció con los reportes. El papa Gregorio VIII convocó una cruzada para liberar la Tierra Santa, y tomaron la cruz algunos de los líderes más importantes de Europa: Felipe II de Francia, Ricardo I de Inglaterra, y Federico I – el emperador romano, también llamado “Barbarroja”. Esta peregrinación vendría a ser conocida como la Tercera Cruzada.

En ese mundo se internaron Aamir y Parmida el día que arribaron a Acre con camellos cargados. No los guiaba ni ignorancia ni insensatez, sino astucia. Aamir entendía que un reino en crisis tiene necesidades especiales, y él estaba preparado para satisfacerlas. Por el precio justo.

Aamir, siempre el mercader, era fluente en varios idiomas, pero sobre todo en diplomacia. En cuanto a religión y política - que suelen ser lo mismo en esa parte del mundo - de alguna manera lograba mantener un ascetismo que le abría puertas en todas las arenas. Musulmanes, budistas, cristianos, ateos - comerciaba con todos. Al no identificarse con un extremo en particular, servía de puente entre aquellos que rehusaban hablar entre sí. Allí reposaban su genio y la fuente de su fortuna.

Una sola vez Aamir se había visto en la obligación de redefinir su ética comercial. Habiéndole vendido a ambos lados de una riña entre tribus - acero de Damasco a uno, caballos al otro - vio que podría acumular riquezas impresionantes supliendo para las necesidades de guerras mayores. Pero en su siguiente viaje se tropezó con los cadáveres de los derrotados, y vio los estragos de la maldad del hombre. "Si acaso hay un Dios", pensó Aamir, "no creo que apruebe esto". De allí en adelante se limitó a abastecer zonas de conflicto sólo con bienes más honorables - como alimentos, telas y medicinas - aunque fueran menos lucrativos.


Mientras Aamir trabajaba sus canales comerciales en Acre, el Emperador Barbarroja – quien un año atrás había enviado una carta desafiando a Saladino a una justa en la llanura egipcia de Zoan – salía de Ratisbona, rumbo a liberar Tierra Santa. Su última parada en territorio del Imperio Romano: Viena.

Vivía en uno de los feudos vieneses un jovencillo llamado Teodobaldo – “Baldo”, para sus amigos. Tenía quince años y era sumamente inquieto. Aunque era pobre, soñaba con la vida de las cortes reales. Baldo tenía un impresionante don para la música, y su curiosidad lo llevaba a dominar cualquier instrumento sobre el cual lograba poner sus manos. Más que cualquier cosa en el mundo, anhelaba ser parte del cuerpo de músicos que entretenían a algún noble y sus invitados. Si su habilidad bien le habría abierto puerta a ese tipo de oportunidades, su condición social no le brindaba acceso a los círculos de nobleza. Además, Baldo era mudo de nacimiento.

Baldo alzó la mirada a la distancia. Sobre una colina vio asomarse lo que al principio parecía sólo una pequeña columna de hombres. Por las cruces que llevaban cosidas a sus ropas, supo que se trataba de soldados cruzados. Aquella columna pronto reveló lo que realmente era: el majestuoso ejército del sacro emperador romano – cien mil hombres, incluyendo veinte mil caballeros.

Dejando de inmediato sus herramientas de campesino, Baldo corrió a casa. En una esquina de la habitación única que compartía con sus padres y hermanos, había un baúl de madera. En él guardaba sus más valiosos tesoros – los instrumentos musicales que había construido o rescatado desde su niñez. Rápidamente se ató un cascabel al tobillo derecho. Tomando dos flautas y un tambor, los metió en un morral. Afuera de la casa encontró a su madre atendiendo una hortaliza. Con un beso y un breve pero sentido abrazo, Baldo salió velozmente hacia donde había visto que pasaría el ejército. Su madre, ligeramente confundida, no se imaginaba que no lo volvería a ver por mucho tiempo.

Baldo alcanzó al ejército, como a la mitad de la enorme fila. Su apresurado plan era animar a los soldados tocando melodías marciales con las flautas. Pero al encontrarse sin aliento después de la carrera, no pudo más que marcar un ritmo de marcha con el cascabel y el tambor.

Al principio nadie parecía prestarle atención. Pero tal era su entusiasmo, que eventualmente se hizo notar. Para entonces ya había recuperado su aliento, así que sacó una flauta y comenzó a tocar. Viendo que los soldados daban bienvenida al rompimiento de la monotonía, Baldo sacó su segunda flauta. Poniéndola a sus labios junto a la primera, tocó dos melodías, formando dulce armonía, para el asombro de los soldados.

Así siguió Baldo entreteniendo a los soldados del ejército imperial. Sin pensar mucho de ello. Cuando vino a darse cuenta de cuánto se había retirado de casa, estaba cruzando del imperio romano hacia el Reino de Hungría.