Wednesday, June 29, 2016

1190 otoño

Ricardo, rey de Inglaterra, llegó a Vézelay, Francia, el primero de julio. Habiendo cruzado cientos de kilómetros por tierra desde la costa norte, los más de ochocientos hombres que le acompañaban recibieron el descanso con agrado.
Ricardo se reunió con Felipe II, rey de Francia, y refinaron el plan de su desplazamiento conjunto hacia Tierra Santa. Poco tiempo después salieron juntos hasta Lyon, donde se separaron - los ingleses tomaron rumbo sur para encontrarse con su flota en Marsella; los franceses rumbo este, en dirección a Génoa - con el acuerdo de reencontrarse en Sicilia.
* * * * *
Una madrugada, al llegar al primer servicio del día, el joven novicio notó a alguien de rodillas en la esquina de la capilla, rezando en voz baja. Aunque estaba completamente envuelto en su capa, se notaba que era el marco de un hombre alto y fornido. Fue imposible para el joven concentrarse en las lecturas y oraciones, absorto como estaba por la extraña presencia. Sin duda era algun peregrino que había llegado a visitar la Santa Cruz o a pagar alguna penitencia. Pero si había pasado la noche en San Pedro, no lo había hecho en las habitaciones comunes para peregrinos.
Cuando se puso de pie, lo hizo repentinamente y salió de inmediato. Sin alzar la mirada ni descubrir su cabeza. Le pareció al novicio haber visto la cruz de los Cruzados bajo la capa cuando giró para marcharse, pero no estaba seguro.
Durante el desayuno, arremetió con preguntas contra Piers:
- ¿Quién era el hombre en la capilla?
- ¿Qué hombre?, respondió disimuladamente Piers.
- El hombre de la capa que estaba rezando en la esquina.
- Eh... Un peregrino, supongo.
- ¡Vamos! ¿Quién era? ¡Yo sé que usted sabe, Hermano Piers!
- ¿Y eso qué? No significa que tienes que saberlo tú.
- ¡Pero sí, necesito saber! Era un Cruzado, ¿no?
- ¿Qué si lo era?
- No sé nada de mi hermano desde que salió para Tierra Santa. ¡Nada! Este hombre podría saber algo, ¿no cree?


- ¿Realmente te interesa tu hermano, o sólo quieres saber lo que está pasando en Medio Oriente?
- ¿Qué se supone que quiere decir con eso?
- Que nunca habías mencionado a tu hermano hasta que apareció este hombre que, según tú, es un Cruzado rumbo a Medio Oriente?
- ¿O sea que sí lo es?
- ¡Oye, chico! ¿Se te ha ocurrido que talvez la vida de monasterio no sea para ti? ¿Que quizás Dios no te dio las virtudes para ser monje?
- Pero, hermano Piers... ¡No he fallado en mis responsabilidades!
- ¡Pero tampoco las disfrutas!
- ¡Usted nos pasa diciendo que servimos al Señor con sacrificio!
- ¡No me estás entendiendo, muchacho! No me estoy quejando de tus labores, ni de tu disposición. Pero te veo y sé que no te hace feliz. Que preferirías estar en otro lugar, haciendo otra cosa.
- ¡Ah! ¿Y quién no? ¿Quién no quisiera otra vida?

Piers guardó silencio, pero sus ojos dijeron más que suficiente. El joven entendió, y se sintió avergonzado.

- "Lo siento", dijo suavemente.
- Mira, chico... Hay muchas formas de servir al Señor. Pero la forma de darle mayor gloria es viviendo la vida para la cual te creó.
- ¿Qué está diciendo, que no tome mis votos?
- No puedo decirte qué hacer. Pero lo que sí puedo decirte es que el Rey de Inglaterra va camino a Marsella para reunirse con su embarcación, y que zarparán hacia Tierra Santa en poco tiempo. Toda peregrinación necesita un salmista; toda expedición, un cronista. Y todo rey necesita un trovador.

* * * * *
Para cuando el joven llegó al puerto de Marsella, el sol ya calentaba en todo su furor. El aire estaba cargado de la cacofonía de gaviotas, mercaderes, y marineros; y del olor de la urea de los primeros pujando entre el hedor rancio de los últimos. Logró divisar, entre el gentío del muelle, la esbelta figura de un Cruzado cuya cabeza estaba bien por encima de todos. Una cruz engalanaba su capa mientras flotaba en la brisa marítima.

Abriéndose paso hasta él, descubrió que era un hombrecito de baja estatura. Parado sobre una gran caja de madera, miraba curiosamente hacia las naves que se perdían en el mar. Sintiéndose observado, volteó la mirada al joven – que fácilmente sería más alto que él, si ambos estuviesen parados en el mismo suelo – y desde su plataforma, gruñó:
- ¿Y? ¿Qué miras?
- ¿Es usted un Cruzado, señor?
Entrecerrando los ojos, el hombre soltó un resoplido de incredulidad mientras señaló la cruz en su capa.

Como quien procura mostrar reverencia a alguien que obviamente adolece de inseguridad, el joven fingió asombro y preguntó:
- No supongo, oh buen señor, que usted sabrá dónde puedo encontrar al Rey Ricardo de Inglaterra, ¿o sí?
- Pues, cualquiera pensaría que en Inglaterra, ¿no, muchacho?
- Cualquiera, sin duda, señor. Pero pensé que usted, siendo que es un Cruzado vistiendo el emblema de los caballeros de Inglaterra, sabría más de lo que aún los niños de Marsella saben.
- ¿Y qué es eso que saben aún los niños?
- Que el Rey Ricardo llegó a Marsella para recibir su flota y partir rumbo a Jerusalén.
- ¡Oh! ¿No me digas? ¿Y también saben que el gran Rey Ricardo se hizo ya a la mar en esa flota que va allá?

Y mientras el hombre señalaba a las barcas que se perdían en el horizonte, y el joven comprendía que había llegado demasiado tarde, su corazón se hundió.

* * * * *
Cuando Ricardo llegó a Marsella, sus barcos aún no habían llegado. Resulta que se habían entretenido en Portugal - unos apoyando al monarca Sancho I en batalla, y otros, irónicamente, saqueando Lisboa hasta que el mismo monarca los echó.

Ricardo perdió cuanta poca paciencia tenía y zarpó en barcos alquilados. En Génoa encontró a Felipe enfermo. Prosiguió bordeando la costa italiana, pasando por Nápoles, y se dirigió hacia Messina.

Mientras tanto, la mayor parte del ejército de Barbarroja se había desbandado. Su hijo Federico había seguido hacia Tierra Santa con lo que quedaba del ejército germánico-húngaro, con la intención de sepultar en Jerusalén los restos de su padre. Pero los esfuerzos por conservar el cuerpo en vinagre fracasaron. Su carne fue enterrada en la Iglesia de San Pedro en Antioquía, sus huesos en la catedral de Tiro, y sus entrañas en Tarso.

Wednesday, June 1, 2016

1190 verano

Ricardo despidió la flota en la que él mismo navegaría hasta Tierra Santa. Su embarcación navegaría los próximos cuatro meses rodeando Francia, Portugal, y España, para luego cruzar el Estrecho de Gibraltar. Mientras tanto, Ricardo avanzaría por tierra a Vézelay, Francia, con unos ochocientos hombres, para reunirse con Felipe. De allí marcharían hasta Marsella, donde sus barcos deberían estar ya esperando.

Barbarroja no había tenido mucho éxito en cruzar Anatolia. Los turcos habían pedido sumas exorbitantes de oro y tierras para cederle el paso, pero él rehusó. Ante eso, los turcos lanzaban emboscadas fastidiosas contra los germanos, lo cual desencadenó en amargas ofensivas de parte de los Cruzados. Los muertos se acumulaban a cada lado. Las filas de la infantería de Barbarroja sufrían deshidratación, baja moral, y deserción. Los recursos disminuían, y los turcos no capitulaban. Sin embargo, el ejército Cruzado seguía avanzando.

Y llegaron a Iconio.

El 14 de mayo, los Cruzados encontraron al ejército turco y se lanzaron contra él en una impresionante ofensiva de caballería pesada compuesta por siete mil lanceros. Pero lejos de proseguir su camino hacia Jerusalén, Barbarroja insistió en tomar Iconio. El 17 de mayo encontró al ejército germano acampando afuera de la ciudad, en el jardín de deleite del sultán. Mientras tanto, el sultán arengaba sus tropas para contraatacar.

Al día siguiente, Baldo se levantó antes del alba. Aunque no era formalmente parte del ejército - ni había tomado la cruz en pacto, ni tenía armas - él creía que jugaba un papel crucial. Encontró una loma desde donde pudiera observar los sucesos y desde donde el sonido de su flauta fuese llevado por el viento hasta los oídos de sus camaradas. En pie de guerra sobre la loma, comenzó a tocar melodías que despertaran el espíritu guerrero de los Cruzados.

Barbarroja dividió sus tropas en dos bandos. Envió uno bajo el mando de su hijo Federico, para asaltar la ciudad. Él personalmente lideró el otro, que en el campo haría frente al contraataque de los turcos. En cuanto se asomó su adversario, el Emperador gritó a sus soldados:
- ¿Por qué tardamos? ¿A qué le tenemos miedo? ¡Cristo reina! ¡Cristo conquista! ¡Cristo comanda!

Con un grito feroz, sus hombres salieron al encuentro de los turcos. Pelearon valientemente contra un enemigo mayor en número, pero no mayor en espíritu. La batalla en el campo fue reñida, pero el bando que asaltó la ciudad logró apoderarse de ella fácilmente. Con su guarnición rendida, el resto del ejército turco huyó, abandonando del todo la ciudad a merced de los cruzados.

La victoria de Barbarroja fue rotunda. En la loma, Baldo finalmente separó la flauta de sus labios. Mareado, sin aliento, sonreía triunfante. Los cruzados recogieron del campo lo que fuese útil o de valor alguno, y entraron a la ciudad.

Cinco días permanecieron en Iconio. Suponiendo que el sultán estaría preparándole una emboscada, Barbarroja ideó la manera de salvaguardar su marcha a través del resto de Anatolia llevando rehenes. Por supuesto, en una situación como ésta, no todos los rehenes tienen el mismo valor. Escasamente el sultán dudaría atacar a los germanos si los rehenes fuesen pobres campesinos. Pero no se atrevería a poner en riesgo la vida de sus nobles, sus funcionarios, y sus consejeros.

Los rufianes forzaron su entrada en las casas de los ricos, llevándose a cualquier varón con vestiduras nobles. Cuando irrumpieron en casa de Farnaka, él los estaba esperando, sentado en el patio interior. Había aceptado la situación; resignado, pero no avergonzado. Calmadamente se puso de pie y salió con los bárbaros.

Con todo, el suceso pudo haber sido bastante civilizado, de no ser porque Suna, quien observaba todo a través de las rendijas del armario donde estaba escondida, soltó un grito impulsivo por su tío, revelando así su ubicación. Un soldado caminó hasta el armario y lo abrió. Suna intentó escapar, pero su menudo marco no pudo contra el fornido brazo que la aprisionó. Los gritos y pataleos de Suna no lograron más que encender la malicia del soldado. Y las objeciones desesperadas de Farnaka no lograron más que demostrarle cuán vulnerable era ante el riesgo de que Suna fuere lastimada.

Los soldados les ataron las manos a ambos y se los llevaron, piezas de canje a favor de un libre pasaje. Marcharon con rumbo sureste hasta la puesta del sol, cuando levantaron el campamento donde pasarían la noche.

A la hora de la repartición de la comida, Baldo logró hacerse de un poco de pan de centeno con queso de leche de cabra que alguien rescató de la ciudad. Llevó la vianda hasta el parcho engramado donde había planeado dormir. Recostado contra una roca, comió sus manjares disfrutando del espectacular ejército de estrellas que iluminaban la noche. En un instante, la luna se mostró en todo su esplendor.

Baldo estaba embelesado, hasta que oyó los sollozos. Provenían de la tienda donde mantenían cautivos a los rehenes. Aunque no podía verla, Baldo sabía que quien lloraba era la chica. A su manera de ver, era deshonroso haberla traído forzosamente a una guerra de hombres. Baldo sacó su flauta. A la luz de la luna y con los grillos de fondo, tocó una dulce melodía. Como queriendo hablar en cada nota, intentando consolar. Hasta que terminó el sollozo.

Desde ese momento, Baldo sentía una extraña responsabilidad respecto a Suna. Como si fuese su deber mantenerla segura. Después de todo, ¿qué culpa tenía la pobre prisionera? Así que se mantenía lo suficientemente cerca como para vigilarla, mas no lo suficiente como para entablar una verdadera conversación. Pues Baldo, aunque no podía hablar, sabía comunicarse perfectamente.

El petirrojo europeo es una avecilla distribuida por toda Europa. Emite una característica voz de alerta - un chip-chip metálico y seco - que es fácil de oír, pero difícil de localizar. Cuando Baldo era niño, aprendió a emular su sonido, y sus hermanos lo usaban de vigía cada vez que hacían alguna travesura. Una tarde, Baldo vio al soldado malvado acercarse a Suna con saña. Instintivamente comenzó a hacer su chip-chip, advirtiéndole del peligro, y Suna se volteó justo a tiempo para evadir el vengativo golpe.

El 10 de junio llegaron al Río Saleph. Baldo tomó su lugar en el punto más alto que encontró y tocó una melodía marcial para animar a los Cruzados. Sin duda alguna, Barbarroja no debía haber cruzado las aguas ese día. En medio del tumulto, con tantos soldados haciéndose camino a través del agua, pocos se percataron de la caída del Emperador. Para cuando sacaron su cuerpo, ya no había vida en él. Su hijo Federico corrió al cuerpo ahogado de su padre con un grito de angustia, y el terror se extendió en una oleada sobre las tropas.

Desde su palco, Baldo observaba horrorizado. Pero salió de su estupor cuando vio al soldado malvado apresurándose para asegurar a los prisioneros. Temiendo lo peor para Suna, comenzó su alarma frenética: ¡chip-chip! ¡chip-chip! Pero esta vez, el soldado lo descubrió:
- ¡Tú! ¡Todo esto es tu culpa! ¡Traidor!

Suna, ya advertida y aprovechando la confusión, tomó velozmente el cuchillo de la vaina de otro soldado que pasó cerca. Cortó las sogas que ataban las manos de Farnaka, y luego él las de ella.
- “¡Corre!”, le urgió su tío.

Suna corrió hacia el espesor de los árboles de la ribera, mientras que Farnaka tomó una lanza que alguien había abandonado en el río. Con el furor de mil árabes, le partió el asta en el lomo a su adversario y lo tumbó.

Llegando a tierra seca, Suna llevo sus dedos a su boca y soltó un estrepitoso silbido en dirección de Baldo. Éste saltó de inmediato y juntos se perdieron entre la espesa vegetación.