Wednesday, January 13, 2016

Prefacio

El viejo Trovador oyó la melodía. La conocía bien. Y aunque quería seguir fingiendo que estaba dormido, sus pies lo traicionaron. Como si tuvieran mente propia, comenzaron a moverse al son de la música. Por supuesto, el músico conocía al Trovador. No sólo sabía que reconocería la melodía. También sabía que no estaba dormido. Y, viejo zorro que era, sabía cómo sacar al Trovador de su aparente sueño.

Bajo el desteñido sombrero de fieltro, el Trovador esbozó una sonrisa involuntaria. Lararai, larai…

Instintivamente, todos los niños se encontraron en el centro del patio. Los jóvenes quitaron las mesas y las bancas, entretanto que las muchachas levantaban los platos sucios. Lararai, larai…

Dos niñas corrieron al anciano. “¡Abuelo, vamos!”, gritó la primera. “Estoy dormido”, respondió el Trovador, sus ojos aún cerrados. “¡No es verdad!”, exclamó la segunda. “Si estuvieras dormido”, agregó la primera, “no podrías hablar”. Y antes de que pudiera replicar, las niñas tiraron de sus manos, una cada una. Un niño de unos seis años vino a ayudarlas, empujando desde atrás el taburete donde estaba sentado el anciano.

Los jóvenes se hicieron a los instrumentos – cítara, flauta, pandero, y tambor – y se unieron al son de la mandolina del viejo músico. Las muchachas comenzaron a cantar, aplaudiendo o sonando las ollas con cucharones. Cada vez más fuerte y más rápido. Lararai, larai…

De repente, el Trovador se puso de pie. Con la resolución de un caballo árabe avanzando hacia la batalla, se acercó a la rueda de niños. Lararai, larai…

Parándose firme en medio de ellos, alzó los brazos lentamente. Todos contuvieron por un instante la respiración, sus expectantes ojos fijos en el Trovador. “¡Aaah!”, gritó el viejo, sacudiéndose violentamente como un loco siendo atacado por un ejército de hormigas. “¡Aaah!”, gritaron los niños, sacudiéndose igualmente. Las mujeres que habían salido de la cocina para ver la escena explotaron en risa. Y la música iba cada vez más fuerte y más rápido. Lararai, larai…

El Trovador tomó a una niña de la mano y salió por el patio. Ella tomó a otra, y ésta a otro, y así sucesivamente hasta que todo aquel que no estaba tocando un instrumento se encontró serpenteando de aquí para allá. Lararai, larai… Lararai, laaa-raaai.

El Trovador se tiró al suelo, y los niños con él. “¡Otra vez! ¡Otra vez!”, gritaron los chiquillos. “¿Qué?”, tosió el anciano; “¿Me quieren matar?”. Una de las muchachas se acercó a auxiliarlo. “¿Por qué mejor no le piden al abuelo que les cuente la historia de esta canción?”, sugirió. “Mientras les traemos dátiles”, agregó otra, “¿Quién quiere?”. “¡Yo, yo!” gritaron todos en coro.

Uno de los jóvenes ayudó al Trovador a levantarse mientras le traían su taburete. “Bueno,” dijo el viejo con seriedad fingida. “Pero si voy a contar la historia, la voy a contar ¡a mi manera!”. Y el brillo de sus ojos encontró la sonrisa que buscaba. Justo afuera de la cocina, una mujer trigueña de cabellos blancos entregaba la bandeja de dátiles a las muchachas. Con sonrisa a medias contenida, posó un puño en la cintura de su elegante silueta y levantó un dedo amenazador en dirección al anciano.

“Bueno, niños…” reanudó el Trovador cuando llegaron las muchachas con la fruta. “Métanse cinco de esos a la boca de una vez para que no me vayan a estar interrumpiendo, ¿oyeron? La historia de esta canción va así: Hace muchos, muchos años, en el Cercano Oriente…”.

2 comments:

  1. Replies
    1. Tiene que seguir leyendo. Semana a semana. :)
      http://eltrovador2016.blogspot.com/2016/01/1189-primavera.html

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