El viejo Trovador oyó la melodía. La conocía
bien. Y aunque quería seguir fingiendo que estaba dormido, sus pies lo
traicionaron. Como si tuvieran mente propia, comenzaron a moverse al son de la
música. Por supuesto, el músico conocía al Trovador. No sólo sabía que
reconocería la melodía. También sabía que no estaba dormido. Y, viejo zorro que
era, sabía cómo sacar al Trovador de su aparente sueño.
Bajo el desteñido sombrero de fieltro, el
Trovador esbozó una sonrisa involuntaria. Lararai,
larai…
Instintivamente, todos los niños se
encontraron en el centro del patio. Los jóvenes quitaron las mesas y las bancas,
entretanto que las muchachas levantaban los platos sucios. Lararai, larai…
Dos niñas corrieron al anciano. “¡Abuelo,
vamos!”, gritó la primera. “Estoy dormido”, respondió el Trovador, sus ojos aún
cerrados. “¡No es verdad!”, exclamó la segunda. “Si estuvieras dormido”, agregó
la primera, “no podrías hablar”. Y antes de que pudiera replicar, las niñas
tiraron de sus manos, una cada una. Un niño de unos seis años vino a ayudarlas,
empujando desde atrás el taburete donde estaba sentado el anciano.
Los jóvenes se hicieron a los instrumentos –
cítara, flauta, pandero, y tambor – y se unieron al son de la mandolina del viejo
músico. Las muchachas comenzaron a cantar, aplaudiendo o sonando las ollas con
cucharones. Cada vez más fuerte y más rápido. Lararai, larai…
De repente, el Trovador se puso de pie. Con
la resolución de un caballo árabe avanzando hacia la batalla, se acercó a la
rueda de niños. Lararai, larai…
Parándose firme en medio de ellos, alzó los
brazos lentamente. Todos contuvieron por un instante la respiración, sus expectantes
ojos fijos en el Trovador. “¡Aaah!”, gritó el viejo, sacudiéndose violentamente
como un loco siendo atacado por un ejército de hormigas. “¡Aaah!”, gritaron los
niños, sacudiéndose igualmente. Las mujeres que habían salido de la cocina para
ver la escena explotaron en risa. Y la música iba cada vez más fuerte y más rápido.
Lararai, larai…
El Trovador tomó a una niña de la mano y
salió por el patio. Ella tomó a otra, y ésta a otro, y así sucesivamente hasta
que todo aquel que no estaba tocando un instrumento se encontró serpenteando de
aquí para allá. Lararai, larai… Lararai,
laaa-raaai.
El Trovador se tiró al suelo, y los niños
con él. “¡Otra vez! ¡Otra vez!”, gritaron los chiquillos. “¿Qué?”, tosió el
anciano; “¿Me quieren matar?”. Una de las muchachas se acercó a auxiliarlo. “¿Por
qué mejor no le piden al abuelo que les cuente la historia de esta canción?”,
sugirió. “Mientras les traemos dátiles”, agregó otra, “¿Quién quiere?”. “¡Yo,
yo!” gritaron todos en coro.
Uno de los jóvenes ayudó al Trovador a levantarse
mientras le traían su taburete. “Bueno,” dijo el viejo con seriedad fingida. “Pero
si voy a contar la historia, la voy a contar ¡a mi manera!”. Y el brillo de sus
ojos encontró la sonrisa que buscaba. Justo afuera de la cocina, una mujer
trigueña de cabellos blancos entregaba la bandeja de dátiles a las muchachas. Con
sonrisa a medias contenida, posó un puño en la cintura de su elegante silueta y
levantó un dedo amenazador en dirección al anciano.
“Bueno, niños…” reanudó el Trovador cuando
llegaron las muchachas con la fruta. “Métanse cinco de esos a la boca de una
vez para que no me vayan a estar interrumpiendo, ¿oyeron? La historia de esta
canción va así: Hace muchos, muchos años, en el Cercano Oriente…”.
Y el final?
ReplyDeleteTiene que seguir leyendo. Semana a semana. :)
Deletehttp://eltrovador2016.blogspot.com/2016/01/1189-primavera.html