Wednesday, March 9, 2016

1189 otoño

Era un día gris y de brisas frías cuando Ricardo I fue coronado Rey de Inglaterra. Su camino al trono no había sido ligero…

El tercer hijo legítimo del rey Enrique II de Inglaterra, fue el hijo favorito de su madre, Leonor de Aquitania. Al igual que la mayoría de los gobernantes ingleses de la Casa de Plantagenet, Ricardo era esencialmente francés. Después de la separación de sus padres, Ricardo fue investido como duque de Aquitania. En vista de que Enrique no mostraba intenciones de nombrar su sucesor, Leonor alentó a Ricardo y a sus hermanos – Enrique el Joven y Godofredo, duque de Bretaña – a rebelarse contra su padre. Pero el rey Enrique II aplastó la revuelta y capturó a Leonor. Ricardo no pudo más que pedir perdón y someterse a la voluntad de su padre.

Pero la tensión volvió a aumentar cuando Enrique II demandó que Ricardo rindiera homenaje a su hermano mayor, Enrique el Joven – aparente heredero de la corona, ya que el primer hijo legítimo de Enrique II había muerto en la infancia. Cuando Ricardo rehusó, fue atacado por Enrique el Joven y Godofredo, y sus propios barones se rebelaron contra él. Pero Ricardo había ya crecido en sus habilidades militares, y pudo repeler estos ataques con astucia.

Enrique el Joven murió ese mismo año, y Godofredo, tres años más tarde. Enrique II comisionó a su hijo menor, Juan, a continuar la campaña contra Ricardo, pero éste se alió con el rey Felipe II de Francia – con cuya hermana Adela estaba comprometido desde la niñez. Además, Ricardo le cedió a Felipe sus derechos a Normandía y Anjou. Y cuando supieron que Saladino había ocupado Jerusalén, Ricardo y otros nobles franceses tomaron la cruz en Tours.

En 1189, las fuerzas unidas de Ricardo y Felipe vencieron al ejército de Enrique en Ballans. Enrique se vio obligado a nombrar a Ricardo como su heredero a la corona de Inglaterra. Dos días más tarde murió.

… Y fue así como Ricardo I, con poco más de treinta años de edad, vino a ser coronado en la abadía de Westminster y ascendió al trono de Inglaterra.

Mientras tanto, Conrado de Monferrato seguía protegiendo el puerto de Tiro. Ya no tanto de Saladino, sino más bien de Guido de Lusignan y Sibila quienes querían instalarse allí como sucesores del reino de Jerusalén. Acampado afuera de la ciudad, Guido consiguió el apoyo de los contingentes enviados por Guillermo II de Sicilia – 200 caballeros – y Ubaldo de Lanfranchi, Arzobispo de Pisa – 52 barcos.

Guido necesitaba una base desde la cual contraatacar a Saladino. Como Conrado le negaba entrada a Tiro, Guido levantó su campamento y se dirigió al sur. Él y sus tropas avanzaron a lo largo de la costa, mientras que los sicilianos y pisanos fueron por mar. Cincuenta kilómetros al sur, en una península en el golfo de Haifa, se encontraba otro puerto que serviría para los propósitos de Guido. Pero estaba bajo control de los árabes musulmanes.

Acre estaba protegida del mar por un fuerte dique al oeste y al sur, mientras que el puerto en sí quedaba al este – resguardado contra el mar abierto por la ciudad misma. Arribando desde el norte por tierra firme, Guido llegó a la entrada de la península, que estaba resguardada con muro y antemuro con sus torres. Su ejército tenía quizás la mitad del tamaño de la guarnición musulmana dentro de Acre, mas eso no le impidió intentar un ataque sorpresivo contra los muros. Su intento falló, así que Guido erigió su campamento afuera de la ciudad mientras llegaban los refuerzos por mar.

Los sicilianos se retiraron, pero en su lugar llegaron una flota danesa y una de Frisia, además de soldados franceses, flamencos, alemanes, italianos y armenios. Aun Conrado de Monferrato envió tropas desde Tiro para unirse a las fuerzas que estaban rodeando Acre.

Las noticias de estos eventos no tardaron en llegar a Saladino. El caudillo reunió sus tropas y marchó al rescate de Acre. Pero su ataque contra el campamento de Guido resultó infructuoso.

Mientras tanto, adentro de los muros de la ciudad, Aamir metía dátiles en una canasta. “Vuelvo pronto”, dijo a Parmida. Y con un beso, salió.

En las calles de Acre, el sentimiento colectivo fluctuaba día con día. Aún no había desesperanza. Más bien era la excitación de un pueblo que piensa que el conflicto se resolverá mañana. Y ciertamente eso era lo que decían los comunicados oficiales. Cada día, a la misma hora, el pregonero tomaba la plataforma en la plaza mayor para informar a los ciudadanos de Acre sobre los avances del ejército del gran Saladino contra los crusados opresores. Y cada día, según este informe, Saladino se acercaba un poco más a la victoria.

Pero Aamir, entendiendo la necesidad de dar tales noticias para evitar el pánico, quería la verdad. Y mientras el pueblo se dirigía a la plaza, él tomaba la dirección contraria – hacia los muros de la ciudad. “Traigo unos bocadillos para los muchachos de la torre”, dijo al guardia, ofreciéndole un racimo. El guardia examinó los contenidos de la canasta, tomó el racimo, y le dio la pasada.

Una vez en la torre, Aamir repartió los frutos a los vigías. Mientras conversaba con ellos sobre la situación, miraba con sus propios ojos. El equipamiento de los muros. El campamento de Guido de Lusignan. El campamento de Saladino. Hacia el este, por encima de la ciudad, lograba ver el mar del golfo, mas no podía ver claramente las flotas. Intentó tomar la ruta sobre el muro hacia la torre noreste, pero los vigías no se lo permitieron. “Tendré que ir mañana”, pensó. “Con más dátiles”.

Una vez en casa, Aamir se sentó a escribir una carta para su hija…
Suna, preciosa:
No sé cuándo llegará hasta ti mi carta – si es que llega. Pero puedes estar segura de que lleva todo mi amor.
Acre es todo lo que imaginamos, y mucho más. Hay oportunidades por doquier. Y sabes bien que forjamos nuestro propio destino aprovechando las oportunidades que la vida nos da. Por eso me alegro de que estés descubriendo el mundo. ¡Vuela, mi Suna! ¡Haz brillar la luz que llevas en el corazón!
Sólo lamento que este año no podremos celebrar juntos tu cumpleaños.
Te ama,
Babaan

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