Thursday, April 21, 2016

1190 primavera

Beatus vir qui non abiit in consilio impiorum, et in via peccatorum non stetit, et in cathedra pestilentiæ non sedit ;  sed in lege Domini voluntas ejus, et in lege ejus meditabitur die ac nocte.  Et erit tamquam lignum quod plantatum est secus decursus aquarum, quod fructum suum dabit in tempore suo : et folium ejus non defluet ; et omnia quæcumque faciet prosperabuntur.  Non sic impii, non sic ; sed tamquam pulvis quem projicit ventus a facie terræ.  Ideo non resurgent impii in judicio, neque peccatores in concilio justorum :  quoniam novit Dominus viam justorum, et iter impiorum peribit.

- "¿Por qué tiene que ser en latín?", preguntó el joven novicio.
- "Porque es la lengua del Canon Romano", respondió el prior.
- "Pero, ¿no sería mejor que todos pudieran entenderlo? ¡No conozco ni una sóla persona que hable latín!"
- "El abad habla latín."
- "¿El abad? ¡Por Dios!"
- "Cuidado..."
- "Perdón, perdón", enmendó el joven, persinándose. "Pero, Hermano Piers, por favor. Usted sí entiende los tiempos modernos. ¿Oyó a los niños cantando ayer?" El joven entonó la canción:
     Heureux l'homme qui ne marche pas
     selon le conseil des méchants,
     Qui ne s'arrête pas sur la voie des pécheurs,
     Et qui ne s'assied pas en compagnie des moqueurs...
- "Sí, claro que los oí. Y me preguntaba quién se habría tomado la doble molestia de traducir el cántico del primer salmo al francés y luego enseñárselo a los huérfanos..."
- "¡Ya ve! Con esa canción, ya se saben todo un salmo de memoria. ¿Y no le parece que entender las Sagradas Escrituras en su propio idioma les será más útil que oír la misa en latín?"
- "Ah, pero cuando el Apóstol Pedro ofició la primera misa, no lo hizo en francés, sino en latín."
- "¡Hermano Piers! No habla en serio, ¿o sí?"
- "Es la postura oficial del Papa, muchacho. ¡No trates de meterme en más problemas! Si de verdad piensas tomar el hábito de profeso y esperas tener una larga y feliz estadía aquí en la Abadía de San Pedro, tendrás que aprender a hacer menos preguntas."
- "¿O sea que sí puedo enseñarles a los chicos el segundo salmo en francés?"
- ¡Ah! Está bien, hazlo. ¡Pero no dejes que el abad se entere!

A pocos kilómetros de Arlés (donde coincidentemente fue coronado el Sacro Emperador Romano Federico Barbarrosa en el 1178), en el departamento de Bocas del Ródano al sur de Francia, se extiende un marjal. Es una zona húmeda y pantanosa cubierta de una exuberante vegetación que atrae el paso migratorio de las aves entre el norte de Europa y África. En medio de este marjal hay una roca, y sobre ella levantaron los monjes benedictinos del siglo X la estructura principal de la Abadía de San Pedro de Montemayor.

Mediante una creciente red de prioratos, la pequeña abadía logró extender su influencia por Arlés y la Provenza hasta convertirse en un verdadero conjunto monástico. Incluía el panteón de los condes de Provenza, una ermita para la oración y el recogimiento, y un monasterio. Pero quizás su mayor crecimiento se debía al peregrinaje de la Santa Cruz.

Eran muchísimos los peregrinos que llegaban hasta el sitio donde se guardaba la reliquia - un fragmento de madera presuntamente rescatado de la cruz en la cual fue crucificado el mismo Jesús de Nazaret. Ante la Santa Cruz, hombres y mujeres de todas las edades y trasfondos presentaban las más variadas peticiones. Salud para un pariente enfermo. Dinero para salir de la ruina. Seguridad para un viajero amado. Todas las rogativas, grandes o pequeñas, siempre debían ser respaldadas con una ofrenda. Y si la aprobación del abad era algún indicador, era de que mientras más grande la ofrenda, mayor la probabilidad de que la reliquia concediera lo pedido.

Había diversos motivos para que un joven quisiera tomar el hábito en San Pedro. El fervor religioso era el más obvio, pero irónicamente no el más común. En San Pedro, un novicio podía saciar su mente al igual que el vientre, aprendiendo las letras y un oficio digno. Además, podía llegar a ser monje, prior, y hasta abad. Y la Abadía era lo suficientemente influyente como para servir al menos de plataforma para una carrera en las cámaras eclesiales superiores, si el candidato era astuto. Luego, muchos jóvenes que llegaban al noviciado eran el segundo hijo de algún noble que, habiendo comprometido la mayor parte de sus bienes para enviar a su primogénito a una de las Cruzadas, no tenía otro recurso más que entregar al siguiente de su prole a una vida monástica donde al menos tendría una puerta a la fe, una educación, y la dignidad de servir al Señor y al prójimo.

Pero en tiempos de Cruzada no había mayor honor que hacer la peregrinación a Tierra Santa y pelear en la liberación de Jerusalén. Quizás la suerte de nuestro novicio fue echada casi noventa años atrás, cuando su bisabuelo siguió al duque Guillermo IX de Aquitania a la segunda de estas expediciones religioso-militares. Regresaron derrotados, pero el bisabuelo aprendió a ver en el duque el valor de la poesía y el tesoro de la música. Y como si hubiera replicado las virtudes en sí mismo, las transfirió a hijo, nieto, y bisnieto. El misterioso de la transferencia de las riquezas espirituales es que no hace menos rico al que las reparte. Pues con el transcurrir de los años, siguieron siendo patrones de las artes los subsiguientes duques de Aquitania: Guillermo X, Leonor, y Ricardo Rey de Inglaterra.

Nuestro joven, pues, había llegado a San Pedro por una convergencia de fuerzas. Sí porque, como todo buen Cristiano, quería servir a Dios y a su prójimo. Pero también porque amaba aprender, y anhelaba poder transcribir libros y libros en la biblioteca de San Pedro. Además, sus padres habían fallecido unos años atrás, víctimas de la viruela, dejando la responsabilidad de vasallo a su primogénito. Éste, obligado a prestar servicio militar a su señor - quien a su vez estaba comprometido a seguir al Rey Felipe en su cruzada - había decidido que su hermano menor estaría al menos seguro en la Abadía de San Pedro de Montemayor.

Para monjes y novicios, el primer servicio del día comenzaba puntualmente a las tres. De la mañana. La mayoría de los jóvenes llegaba con la mala costumbre de levantarse tarde - a las cinco - para atender a los animales. Pero el abad descubrió que aquellos que no abandonaban voluntariamente sus caminos perezosos, lo hacían con prontitud después de un par de días sin comer. Los demás servicios se llevaban a cabo cada tres horas. El último era a las nueve de la noche, justo antes de retirarse para dormir; a menos que la Liturgia de las Horas indicara vigilia.

Los servicios se llevaban a cabo en el santuario del monasterio, la Capilla de San Pedro. Todos incluían un versículo inicial, un himno, uno o dos salmos, un pasaje de las Escrituras, y una oración final; algunos agregaban lecturas adicionales, meditaciones y bendiciones especiales. Más que cualquier otra parte del servicio, nuestro amigo disfrutaba de los himnos y los salmos.

Entre servicios, todos trabajaban arduamente en las diversas tareas del monasterio. Unos cultivaban la tierra y criaban animales, mientras otros se ocupaban de la cocina y la panadería. Éstos atendían a los enfermos y a los pobres que llegaban a la Abadía en busca de misericordia, aquellos se encargaban de las actividades de los peregrinos en la Capilla de la Santa Cruz, y aún otros hacían todo lo relacionado a la posada de los peregrinos - de los cuales algunos se quedaban por una noche, otros por varios días. Y, por supuesto, estaban las labores de la biblioteca, donde hubiese permanecido, si tan sólo fuera posible, el joven novicio nuestro.

De todo el monasterio, la biblioteca era su lugar favorito. La belleza rústica de los mesones de madera, bruñidos por años de tinta y sudos, contrastando con la claridad de las masivas paredes de roca. El olor mustio de los viejos pergaminos, cuidadosamente archivados bajo los ojos sombríos de los grandes candeleros colgantes. El maravilloso llamado inaudible de pluma y tintero.

El encargado de la biblioteca había salido del país en una encomienda especial del abad. En su ausencia, el hermano Piers debía cubrir sus responsabilidades - llevar registro de los eventos de los tiempos, educar en las letras a los novicios, transcribir manuscritos y entrenar nuevos transcriptores.

- Quod factum est ipsum permanet...
- "Lo que es, ya fue", respondió un pupilo de cabello alborotado.
- Quae futura sunt iam fuerunt...
- "Lo que será, ya sucedió", replicó otro.
- "¡Pero hermano Piers!", protestó el primero. "Si ya sucedió lo que será, ¿entonces para qué tenemos que estudiar las profecías?"
- Dime una cosa: Si supieras que el mundo va a terminar mañana, ¿cambiarías tus planes para el día de hoy?
- ¡Absolutamente!
- Entonces, no planeabas vivir hoy memorablemente.

A un costado del salón, la atención de nuestro amigo no descansaba en Eclesiastés. Absorto, miraba por la ventana hacia el claustro, donde se alzaba el cabezal de piedra del pozo. Sobre éste se levantaba un delgado arco de hierro con una polea, de donde colgaba un balde de madera para sacar agua del pozo. Esa mañana, alguien había dejado atado el balde de tal forma que colgaba a la altura de la cabeza del pozo. Y la brisa lo mecía, golpeándolo contra la piedra. Tuc. Tuc. Tuc.

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