Ricardo despidió la flota en la que él mismo navegaría hasta Tierra Santa. Su embarcación navegaría los próximos cuatro meses rodeando Francia, Portugal, y España, para luego cruzar el Estrecho de Gibraltar. Mientras tanto, Ricardo avanzaría por tierra a Vézelay, Francia, con unos ochocientos hombres, para reunirse con Felipe. De allí marcharían hasta Marsella, donde sus barcos deberían estar ya esperando.
Barbarroja no había tenido mucho éxito en cruzar Anatolia. Los turcos habían pedido sumas exorbitantes de oro y tierras para cederle el paso, pero él rehusó. Ante eso, los turcos lanzaban emboscadas fastidiosas contra los germanos, lo cual desencadenó en amargas ofensivas de parte de los Cruzados. Los muertos se acumulaban a cada lado. Las filas de la infantería de Barbarroja sufrían deshidratación, baja moral, y deserción. Los recursos disminuían, y los turcos no capitulaban. Sin embargo, el ejército Cruzado seguía avanzando.
Y llegaron a Iconio.
El 14 de mayo, los Cruzados encontraron al ejército turco y se lanzaron contra él en una impresionante ofensiva de caballería pesada compuesta por siete mil lanceros. Pero lejos de proseguir su camino hacia Jerusalén, Barbarroja insistió en tomar Iconio. El 17 de mayo encontró al ejército germano acampando afuera de la ciudad, en el jardín de deleite del sultán. Mientras tanto, el sultán arengaba sus tropas para contraatacar.
Al día siguiente, Baldo se levantó antes del alba. Aunque no era formalmente parte del ejército - ni había tomado la cruz en pacto, ni tenía armas - él creía que jugaba un papel crucial. Encontró una loma desde donde pudiera observar los sucesos y desde donde el sonido de su flauta fuese llevado por el viento hasta los oídos de sus camaradas. En pie de guerra sobre la loma, comenzó a tocar melodías que despertaran el espíritu guerrero de los Cruzados.
Barbarroja dividió sus tropas en dos bandos. Envió uno bajo el mando de su hijo Federico, para asaltar la ciudad. Él personalmente lideró el otro, que en el campo haría frente al contraataque de los turcos. En cuanto se asomó su adversario, el Emperador gritó a sus soldados:
- ¿Por qué tardamos? ¿A qué le tenemos miedo? ¡Cristo reina! ¡Cristo conquista! ¡Cristo comanda!
Con un grito feroz, sus hombres salieron al encuentro de los turcos. Pelearon valientemente contra un enemigo mayor en número, pero no mayor en espíritu. La batalla en el campo fue reñida, pero el bando que asaltó la ciudad logró apoderarse de ella fácilmente. Con su guarnición rendida, el resto del ejército turco huyó, abandonando del todo la ciudad a merced de los cruzados.
La victoria de Barbarroja fue rotunda. En la loma, Baldo finalmente separó la flauta de sus labios. Mareado, sin aliento, sonreía triunfante. Los cruzados recogieron del campo lo que fuese útil o de valor alguno, y entraron a la ciudad.
Cinco días permanecieron en Iconio. Suponiendo que el sultán estaría preparándole una emboscada, Barbarroja ideó la manera de salvaguardar su marcha a través del resto de Anatolia llevando rehenes. Por supuesto, en una situación como ésta, no todos los rehenes tienen el mismo valor. Escasamente el sultán dudaría atacar a los germanos si los rehenes fuesen pobres campesinos. Pero no se atrevería a poner en riesgo la vida de sus nobles, sus funcionarios, y sus consejeros.
Los rufianes forzaron su entrada en las casas de los ricos, llevándose a cualquier varón con vestiduras nobles. Cuando irrumpieron en casa de Farnaka, él los estaba esperando, sentado en el patio interior. Había aceptado la situación; resignado, pero no avergonzado. Calmadamente se puso de pie y salió con los bárbaros.
Con todo, el suceso pudo haber sido bastante civilizado, de no ser porque Suna, quien observaba todo a través de las rendijas del armario donde estaba escondida, soltó un grito impulsivo por su tío, revelando así su ubicación. Un soldado caminó hasta el armario y lo abrió. Suna intentó escapar, pero su menudo marco no pudo contra el fornido brazo que la aprisionó. Los gritos y pataleos de Suna no lograron más que encender la malicia del soldado. Y las objeciones desesperadas de Farnaka no lograron más que demostrarle cuán vulnerable era ante el riesgo de que Suna fuere lastimada.
Los soldados les ataron las manos a ambos y se los llevaron, piezas de canje a favor de un libre pasaje. Marcharon con rumbo sureste hasta la puesta del sol, cuando levantaron el campamento donde pasarían la noche.
A la hora de la repartición de la comida, Baldo logró hacerse de un poco de pan de centeno con queso de leche de cabra que alguien rescató de la ciudad. Llevó la vianda hasta el parcho engramado donde había planeado dormir. Recostado contra una roca, comió sus manjares disfrutando del espectacular ejército de estrellas que iluminaban la noche. En un instante, la luna se mostró en todo su esplendor.
Baldo estaba embelesado, hasta que oyó los sollozos. Provenían de la tienda donde mantenían cautivos a los rehenes. Aunque no podía verla, Baldo sabía que quien lloraba era la chica. A su manera de ver, era deshonroso haberla traído forzosamente a una guerra de hombres. Baldo sacó su flauta. A la luz de la luna y con los grillos de fondo, tocó una dulce melodía. Como queriendo hablar en cada nota, intentando consolar. Hasta que terminó el sollozo.
Desde ese momento, Baldo sentía una extraña responsabilidad respecto a Suna. Como si fuese su deber mantenerla segura. Después de todo, ¿qué culpa tenía la pobre prisionera? Así que se mantenía lo suficientemente cerca como para vigilarla, mas no lo suficiente como para entablar una verdadera conversación. Pues Baldo, aunque no podía hablar, sabía comunicarse perfectamente.
El petirrojo europeo es una avecilla distribuida por toda Europa. Emite una característica voz de alerta - un chip-chip metálico y seco - que es fácil de oír, pero difícil de localizar. Cuando Baldo era niño, aprendió a emular su sonido, y sus hermanos lo usaban de vigía cada vez que hacían alguna travesura. Una tarde, Baldo vio al soldado malvado acercarse a Suna con saña. Instintivamente comenzó a hacer su chip-chip, advirtiéndole del peligro, y Suna se volteó justo a tiempo para evadir el vengativo golpe.
El 10 de junio llegaron al Río Saleph. Baldo tomó su lugar en el punto más alto que encontró y tocó una melodía marcial para animar a los Cruzados. Sin duda alguna, Barbarroja no debía haber cruzado las aguas ese día. En medio del tumulto, con tantos soldados haciéndose camino a través del agua, pocos se percataron de la caída del Emperador. Para cuando sacaron su cuerpo, ya no había vida en él. Su hijo Federico corrió al cuerpo ahogado de su padre con un grito de angustia, y el terror se extendió en una oleada sobre las tropas.
Desde su palco, Baldo observaba horrorizado. Pero salió de su estupor cuando vio al soldado malvado apresurándose para asegurar a los prisioneros. Temiendo lo peor para Suna, comenzó su alarma frenética: ¡chip-chip! ¡chip-chip! Pero esta vez, el soldado lo descubrió:
- ¡Tú! ¡Todo esto es tu culpa! ¡Traidor!
Suna, ya advertida y aprovechando la confusión, tomó velozmente el cuchillo de la vaina de otro soldado que pasó cerca. Cortó las sogas que ataban las manos de Farnaka, y luego él las de ella.
- “¡Corre!”, le urgió su tío.
Suna corrió hacia el espesor de los árboles de la ribera, mientras que Farnaka tomó una lanza que alguien había abandonado en el río. Con el furor de mil árabes, le partió el asta en el lomo a su adversario y lo tumbó.
Llegando a tierra seca, Suna llevo sus dedos a su boca y soltó un estrepitoso silbido en dirección de Baldo. Éste saltó de inmediato y juntos se perdieron entre la espesa vegetación.
El 14 de mayo, los Cruzados encontraron al ejército turco y se lanzaron contra él en una impresionante ofensiva de caballería pesada compuesta por siete mil lanceros. Pero lejos de proseguir su camino hacia Jerusalén, Barbarroja insistió en tomar Iconio. El 17 de mayo encontró al ejército germano acampando afuera de la ciudad, en el jardín de deleite del sultán. Mientras tanto, el sultán arengaba sus tropas para contraatacar.
Al día siguiente, Baldo se levantó antes del alba. Aunque no era formalmente parte del ejército - ni había tomado la cruz en pacto, ni tenía armas - él creía que jugaba un papel crucial. Encontró una loma desde donde pudiera observar los sucesos y desde donde el sonido de su flauta fuese llevado por el viento hasta los oídos de sus camaradas. En pie de guerra sobre la loma, comenzó a tocar melodías que despertaran el espíritu guerrero de los Cruzados.
Barbarroja dividió sus tropas en dos bandos. Envió uno bajo el mando de su hijo Federico, para asaltar la ciudad. Él personalmente lideró el otro, que en el campo haría frente al contraataque de los turcos. En cuanto se asomó su adversario, el Emperador gritó a sus soldados:
- ¿Por qué tardamos? ¿A qué le tenemos miedo? ¡Cristo reina! ¡Cristo conquista! ¡Cristo comanda!
Con un grito feroz, sus hombres salieron al encuentro de los turcos. Pelearon valientemente contra un enemigo mayor en número, pero no mayor en espíritu. La batalla en el campo fue reñida, pero el bando que asaltó la ciudad logró apoderarse de ella fácilmente. Con su guarnición rendida, el resto del ejército turco huyó, abandonando del todo la ciudad a merced de los cruzados.
La victoria de Barbarroja fue rotunda. En la loma, Baldo finalmente separó la flauta de sus labios. Mareado, sin aliento, sonreía triunfante. Los cruzados recogieron del campo lo que fuese útil o de valor alguno, y entraron a la ciudad.
Cinco días permanecieron en Iconio. Suponiendo que el sultán estaría preparándole una emboscada, Barbarroja ideó la manera de salvaguardar su marcha a través del resto de Anatolia llevando rehenes. Por supuesto, en una situación como ésta, no todos los rehenes tienen el mismo valor. Escasamente el sultán dudaría atacar a los germanos si los rehenes fuesen pobres campesinos. Pero no se atrevería a poner en riesgo la vida de sus nobles, sus funcionarios, y sus consejeros.
Los rufianes forzaron su entrada en las casas de los ricos, llevándose a cualquier varón con vestiduras nobles. Cuando irrumpieron en casa de Farnaka, él los estaba esperando, sentado en el patio interior. Había aceptado la situación; resignado, pero no avergonzado. Calmadamente se puso de pie y salió con los bárbaros.
Con todo, el suceso pudo haber sido bastante civilizado, de no ser porque Suna, quien observaba todo a través de las rendijas del armario donde estaba escondida, soltó un grito impulsivo por su tío, revelando así su ubicación. Un soldado caminó hasta el armario y lo abrió. Suna intentó escapar, pero su menudo marco no pudo contra el fornido brazo que la aprisionó. Los gritos y pataleos de Suna no lograron más que encender la malicia del soldado. Y las objeciones desesperadas de Farnaka no lograron más que demostrarle cuán vulnerable era ante el riesgo de que Suna fuere lastimada.
Los soldados les ataron las manos a ambos y se los llevaron, piezas de canje a favor de un libre pasaje. Marcharon con rumbo sureste hasta la puesta del sol, cuando levantaron el campamento donde pasarían la noche.
A la hora de la repartición de la comida, Baldo logró hacerse de un poco de pan de centeno con queso de leche de cabra que alguien rescató de la ciudad. Llevó la vianda hasta el parcho engramado donde había planeado dormir. Recostado contra una roca, comió sus manjares disfrutando del espectacular ejército de estrellas que iluminaban la noche. En un instante, la luna se mostró en todo su esplendor.
Baldo estaba embelesado, hasta que oyó los sollozos. Provenían de la tienda donde mantenían cautivos a los rehenes. Aunque no podía verla, Baldo sabía que quien lloraba era la chica. A su manera de ver, era deshonroso haberla traído forzosamente a una guerra de hombres. Baldo sacó su flauta. A la luz de la luna y con los grillos de fondo, tocó una dulce melodía. Como queriendo hablar en cada nota, intentando consolar. Hasta que terminó el sollozo.
Desde ese momento, Baldo sentía una extraña responsabilidad respecto a Suna. Como si fuese su deber mantenerla segura. Después de todo, ¿qué culpa tenía la pobre prisionera? Así que se mantenía lo suficientemente cerca como para vigilarla, mas no lo suficiente como para entablar una verdadera conversación. Pues Baldo, aunque no podía hablar, sabía comunicarse perfectamente.
El petirrojo europeo es una avecilla distribuida por toda Europa. Emite una característica voz de alerta - un chip-chip metálico y seco - que es fácil de oír, pero difícil de localizar. Cuando Baldo era niño, aprendió a emular su sonido, y sus hermanos lo usaban de vigía cada vez que hacían alguna travesura. Una tarde, Baldo vio al soldado malvado acercarse a Suna con saña. Instintivamente comenzó a hacer su chip-chip, advirtiéndole del peligro, y Suna se volteó justo a tiempo para evadir el vengativo golpe.
El 10 de junio llegaron al Río Saleph. Baldo tomó su lugar en el punto más alto que encontró y tocó una melodía marcial para animar a los Cruzados. Sin duda alguna, Barbarroja no debía haber cruzado las aguas ese día. En medio del tumulto, con tantos soldados haciéndose camino a través del agua, pocos se percataron de la caída del Emperador. Para cuando sacaron su cuerpo, ya no había vida en él. Su hijo Federico corrió al cuerpo ahogado de su padre con un grito de angustia, y el terror se extendió en una oleada sobre las tropas.
Desde su palco, Baldo observaba horrorizado. Pero salió de su estupor cuando vio al soldado malvado apresurándose para asegurar a los prisioneros. Temiendo lo peor para Suna, comenzó su alarma frenética: ¡chip-chip! ¡chip-chip! Pero esta vez, el soldado lo descubrió:
- ¡Tú! ¡Todo esto es tu culpa! ¡Traidor!
Suna, ya advertida y aprovechando la confusión, tomó velozmente el cuchillo de la vaina de otro soldado que pasó cerca. Cortó las sogas que ataban las manos de Farnaka, y luego él las de ella.
- “¡Corre!”, le urgió su tío.
Suna corrió hacia el espesor de los árboles de la ribera, mientras que Farnaka tomó una lanza que alguien había abandonado en el río. Con el furor de mil árabes, le partió el asta en el lomo a su adversario y lo tumbó.
Llegando a tierra seca, Suna llevo sus dedos a su boca y soltó un estrepitoso silbido en dirección de Baldo. Éste saltó de inmediato y juntos se perdieron entre la espesa vegetación.
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