Ricardo, rey de Inglaterra, llegó a Vézelay, Francia, el primero de julio. Habiendo cruzado cientos de kilómetros por tierra desde la costa norte, los más de ochocientos hombres que le acompañaban recibieron el descanso con agrado.
Ricardo se reunió con Felipe II, rey de Francia, y refinaron el plan de su desplazamiento conjunto hacia Tierra Santa. Poco tiempo después salieron juntos hasta Lyon, donde se separaron - los ingleses tomaron rumbo sur para encontrarse con su flota en Marsella; los franceses rumbo este, en dirección a Génoa - con el acuerdo de reencontrarse en Sicilia.
* * * * *
Una madrugada, al llegar al primer servicio del día, el joven novicio notó a alguien de rodillas en la esquina de la capilla, rezando en voz baja. Aunque estaba completamente envuelto en su capa, se notaba que era el marco de un hombre alto y fornido. Fue imposible para el joven concentrarse en las lecturas y oraciones, absorto como estaba por la extraña presencia. Sin duda era algun peregrino que había llegado a visitar la Santa Cruz o a pagar alguna penitencia. Pero si había pasado la noche en San Pedro, no lo había hecho en las habitaciones comunes para peregrinos.
Cuando se puso de pie, lo hizo repentinamente y salió de inmediato. Sin alzar la mirada ni descubrir su cabeza. Le pareció al novicio haber visto la cruz de los Cruzados bajo la capa cuando giró para marcharse, pero no estaba seguro.
Durante el desayuno, arremetió con preguntas contra Piers:
- ¿Quién era el hombre en la capilla?
- ¿Qué hombre?, respondió disimuladamente Piers.
- El hombre de la capa que estaba rezando en la esquina.
- Eh... Un peregrino, supongo.
- ¡Vamos! ¿Quién era? ¡Yo sé que usted sabe, Hermano Piers!
- ¿Y eso qué? No significa que tienes que saberlo tú.
- ¡Pero sí, necesito saber! Era un Cruzado, ¿no?
- ¿Qué si lo era?
- No sé nada de mi hermano desde que salió para Tierra Santa. ¡Nada! Este hombre podría saber algo, ¿no cree?
- ¿Quién era el hombre en la capilla?
- ¿Qué hombre?, respondió disimuladamente Piers.
- El hombre de la capa que estaba rezando en la esquina.
- Eh... Un peregrino, supongo.
- ¡Vamos! ¿Quién era? ¡Yo sé que usted sabe, Hermano Piers!
- ¿Y eso qué? No significa que tienes que saberlo tú.
- ¡Pero sí, necesito saber! Era un Cruzado, ¿no?
- ¿Qué si lo era?
- No sé nada de mi hermano desde que salió para Tierra Santa. ¡Nada! Este hombre podría saber algo, ¿no cree?
- ¿Realmente te interesa tu hermano, o sólo quieres saber lo que está pasando en Medio Oriente?
- ¿Qué se supone que quiere decir con eso?
- Que nunca habías mencionado a tu hermano hasta que apareció este hombre que, según tú, es un Cruzado rumbo a Medio Oriente?
- ¿O sea que sí lo es?
- ¡Oye, chico! ¿Se te ha ocurrido que talvez la vida de monasterio no sea para ti? ¿Que quizás Dios no te dio las virtudes para ser monje?
- Pero, hermano Piers... ¡No he fallado en mis responsabilidades!
- ¡Pero tampoco las disfrutas!
- ¡Usted nos pasa diciendo que servimos al Señor con sacrificio!
- ¡No me estás entendiendo, muchacho! No me estoy quejando de tus labores, ni de tu disposición. Pero te veo y sé que no te hace feliz. Que preferirías estar en otro lugar, haciendo otra cosa.
- ¡Ah! ¿Y quién no? ¿Quién no quisiera otra vida?
Piers guardó silencio, pero sus ojos dijeron más que suficiente. El joven entendió, y se sintió avergonzado.
- "Lo siento", dijo suavemente.
- Mira, chico... Hay muchas formas de servir al Señor. Pero la forma de darle mayor gloria es viviendo la vida para la cual te creó.
- ¿Qué está diciendo, que no tome mis votos?
- No puedo decirte qué hacer. Pero lo que sí puedo decirte es que el Rey de Inglaterra va camino a Marsella para reunirse con su embarcación, y que zarparán hacia Tierra Santa en poco tiempo. Toda peregrinación necesita un salmista; toda expedición, un cronista. Y todo rey necesita un trovador.
* * * * *
Para cuando el joven llegó al puerto de Marsella, el sol ya calentaba en todo su furor. El aire estaba cargado de la cacofonía de gaviotas, mercaderes, y marineros; y del olor de la urea de los primeros pujando entre el hedor rancio de los últimos. Logró divisar, entre el gentío del muelle, la esbelta figura de un Cruzado cuya cabeza estaba bien por encima de todos. Una cruz engalanaba su capa mientras flotaba en la brisa marítima.
Abriéndose paso hasta él, descubrió que era un hombrecito de baja estatura. Parado sobre una gran caja de madera, miraba curiosamente hacia las naves que se perdían en el mar. Sintiéndose observado, volteó la mirada al joven – que fácilmente sería más alto que él, si ambos estuviesen parados en el mismo suelo – y desde su plataforma, gruñó:
- ¿Y? ¿Qué miras?
- ¿Es usted un Cruzado, señor?
Entrecerrando los ojos, el hombre soltó un resoplido de incredulidad mientras señaló la cruz en su capa.
Como quien procura mostrar reverencia a alguien que obviamente adolece de inseguridad, el joven fingió asombro y preguntó:
- No supongo, oh buen señor, que usted sabrá dónde puedo encontrar al Rey Ricardo de Inglaterra, ¿o sí?
- Pues, cualquiera pensaría que en Inglaterra, ¿no, muchacho?
- Cualquiera, sin duda, señor. Pero pensé que usted, siendo que es un Cruzado vistiendo el emblema de los caballeros de Inglaterra, sabría más de lo que aún los niños de Marsella saben.
- ¿Y qué es eso que saben aún los niños?
- Que el Rey Ricardo llegó a Marsella para recibir su flota y partir rumbo a Jerusalén.
- ¡Oh! ¿No me digas? ¿Y también saben que el gran Rey Ricardo se hizo ya a la mar en esa flota que va allá?
Y mientras el hombre señalaba a las barcas que se perdían en el horizonte, y el joven comprendía que había llegado demasiado tarde, su corazón se hundió.
Abriéndose paso hasta él, descubrió que era un hombrecito de baja estatura. Parado sobre una gran caja de madera, miraba curiosamente hacia las naves que se perdían en el mar. Sintiéndose observado, volteó la mirada al joven – que fácilmente sería más alto que él, si ambos estuviesen parados en el mismo suelo – y desde su plataforma, gruñó:
- ¿Y? ¿Qué miras?
- ¿Es usted un Cruzado, señor?
Entrecerrando los ojos, el hombre soltó un resoplido de incredulidad mientras señaló la cruz en su capa.
Como quien procura mostrar reverencia a alguien que obviamente adolece de inseguridad, el joven fingió asombro y preguntó:
- No supongo, oh buen señor, que usted sabrá dónde puedo encontrar al Rey Ricardo de Inglaterra, ¿o sí?
- Pues, cualquiera pensaría que en Inglaterra, ¿no, muchacho?
- Cualquiera, sin duda, señor. Pero pensé que usted, siendo que es un Cruzado vistiendo el emblema de los caballeros de Inglaterra, sabría más de lo que aún los niños de Marsella saben.
- ¿Y qué es eso que saben aún los niños?
- Que el Rey Ricardo llegó a Marsella para recibir su flota y partir rumbo a Jerusalén.
- ¡Oh! ¿No me digas? ¿Y también saben que el gran Rey Ricardo se hizo ya a la mar en esa flota que va allá?
Y mientras el hombre señalaba a las barcas que se perdían en el horizonte, y el joven comprendía que había llegado demasiado tarde, su corazón se hundió.
* * * * *
Cuando Ricardo llegó a Marsella, sus barcos aún no habían llegado. Resulta que se habían entretenido en Portugal - unos apoyando al monarca Sancho I en batalla, y otros, irónicamente, saqueando Lisboa hasta que el mismo monarca los echó.
Ricardo perdió cuanta poca paciencia tenía y zarpó en barcos alquilados. En Génoa encontró a Felipe enfermo. Prosiguió bordeando la costa italiana, pasando por Nápoles, y se dirigió hacia Messina.
Mientras tanto, la mayor parte del ejército de Barbarroja se había desbandado. Su hijo Federico había seguido hacia Tierra Santa con lo que quedaba del ejército germánico-húngaro, con la intención de sepultar en Jerusalén los restos de su padre. Pero los esfuerzos por conservar el cuerpo en vinagre fracasaron. Su carne fue enterrada en la Iglesia de San Pedro en Antioquía, sus huesos en la catedral de Tiro, y sus entrañas en Tarso.
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